El escritor del año

El hecho de haber escogido un parque de atracciones como epicentro de la acción me parece alucinante. ¿Qué sentimientos te provoca un parque de atracciones? Quiero saber todo lo que ha pasado entre ti y entre los parques de atracciones. En la infancia, la adolescencia y la madurez. Me inquieta muchísimo.

Los parques temáticos me asustan mucho, a la vez que me fascinan, por supuesto. Situando la acción en uno de ellos, y además inventado, pretendía crear un limbo donde los personajes estuvieran separados de su entorno cotidiano y familiar, y donde pudieran surgir amistades puras y no contaminadas por el pasado de cada uno. La vida es un juego de simulacros, y esa farsa se acentúa mucho más en los lugares donde es obligatorio divertirse, como es el caso. E igual de desgraciado es el currante que se achicharra bajo el disfraz, que el cliente que debe divertirse aunque se quiera pegar un tiro en la cara a la hora y media de cola para visitar un tobogán acuático de tres metros. En parques de atracciones me ha pasado de todo y de forma intensa –pérdidas, horror al ver a un hombre chutando su cabeza de disfraz, subidones y no sólo con las atracciones y muchas otras cosas-. Pero la novela ya es suficientemente autobiográfica como para seguir por ese camino, así que hablaré del futuro. Me muero de ganas de ir a Dinópolis, uno que me recomendó una amiga, un parque temáticos de la cosa dinosáurica que está, nada menos que, en Teruel. Me encantaría ir a Teruel y revivir la época en la que “los dinosaurios dominaban la tierra”.

Respecto a los disfraces… ¿No crees que son una de las cosas más desasosegantes del mundo? ¿O no? Por favor, quiero saber de qué te has disfrazado a lo largo de tu vida. ¿Te gusta hacerlo?

No en otra vida, no, en la mía propia, yo fui un ratón de laboratorio. Literalmente, primero porque me disfrazaron de ratón a l poco de nacer y luego porque durante toda mi infancia me estuvieron disfrazando. Soy hijo de maestra de niños (y sobre todo niñas) de ocho años. Así que durante la mejor época de mi vida, sólo veía melenas y voces dulces desde mi carrito (una especie de paraíso islámico en chiquipark). Ellas, y mi hermana y mi prima también en los veranos gallegos, siempre me disfrazaban. Tengo fotografías disfrazado de elegante espía del MI6 británico, de David el Gnomo (humillante, muy humillante, porque era uno de los más bajitos de la clase, «soy siete vecesmás fuerte que tú» se convirtió en mi primer mantra de autoayuda) y también de jeque árabe, con una toalla de Naranjito haciendo las funciones de kufiyya, de pañuelo de algodón, y unas gafas de sol de mosca. Durante mucho tiempo fui el miniyo de maniquí de mucha gente. Mis mayores miedos infantiles llegaron pronto con Ronald McDonald, además. Me he disfrazado de todo tipo de cosas. Aún lo hago, con mis amigos, en una fiesta anual que hacemos. Nos hemos disfrazado de Team Zissou de Life Aquatic y de la serie de culto El Prisionero (disfraz francamente hostiable, porque nadie sabía de qué napias íbamos vestidos) y de Teen Wolf. Un amigo es especialmente bueno: se disfrazó el año pasado de mosca cojonera (podéis imaginar qué atributos subsaharianos se puso para la ocasión). Todos, en el fondo, estamos disfrazados siempre (por las convenciones que nos obligan a ser de un modo u otro), por eso, para mostrarnos como somos, nos ponemos otro disfraz encima. Ese es uno de los juegos de la novela.

Me encantaría que profundizáramos en la importancia de la cháchara de bar. Por lo que puedo inferir después de leer «Hilo musical» para ti es vital, trascendental, reveladora y necesaria. ¿Me equivoco?

Soy de los que creen que un chiste es un modo de sociología popular concentrada. Un chiste, sobre un pueblo o sobre una comunidad, explicará mucho mejor sus neurosis y manías que un largo ensayo académico. La lengua oral de bar está viva, es centelleante y excesiva. Es fantasiosa, al menos en la era pre-iphone en la que debías confiar en todos los datos (con cada cerveza más exagerados) que te contaba tu interlocutor. Al calor de  las birras, toda historia se vuelve más fascinante. Soy feliz cuando cualquier amigo se ve forzado a levantarse de la mesa para darle énfasis a su historia, por pequeña que sea. Por otro lado, estoy harto de esas novelas en las que los personajes españolas parece que hablen como con subtítulos de una película de Tarantino. “Pichulín, ¿sabes dónde pillar mierda de la buena”. La gente no habla así. Con cada generación que muere, se pierde un poco de nuestro pasado a través de su lenguaje. Me tomé eso muy en serio. Para que mis personajes mayores hablaran como lo hacen en los bares, inventé entrevistas con músicos de los años sesenta y los grabé. Luego en casa, me fijaba en cada giro en su forma de hablar. Si Inocente dice “causó sensación” es porque la gente de su edad lo decía. Desde luego, no todo está en los libros. Hay más historias en una bodega que en el 90% de bibliotecas mejor surtidas. Hay que escribir mirando a la calle, no a tus estanterías.

Ya que estamos hablando de figuras importantísimas, me gustaría que lo hiciéramos sobre esa persona que todo el mundo menos los autodidactas conoce: aquella que te inicia en la música. ¿Quién fue tu iniciador? ¿Has iniciado tú a alguien? ¿Cómo fue en ambos casos?

Ahora que hay un acceso tan rápido a cantidades indecentes de información, se ha desdibujado la figura del tutor que guía tus primeros pasos. Y yo lo veo esencial. Inocente es una especie de homenaje a esa figura, que le da una intención a tus descubrimientos. Dos de los primeros que yo tuve han muerto, así que prefiero no hablar del tema. Pero en ese juego entra todo tipo de gente, y de amigos que vas encontrándote por la vida. En mi caso, espero serlo; cada vez que escribo estoy buscando un lector que no acabe mi texto porque se ha levantado y se está poniendo la cazadora para ir a buscar el disco en cuestión a la tienda o encenciendo el ordenador para bajárselo. Es el motor de la mayoría de cosas que hago. De las fiestas donde regalábamos recopilaciones, de mis artículos periodísticos y también, desde ahora, de mi narrativa.

¿Qué cosas te hacen gracia?

Me hacen mucha gracia muchísimas cosas. El juego de las puertas de Humor amarillo, la crítica del disco de Jet de Pitchfork (el monete meándose en su propia cara), la idea de Patricia Gaztañaga como primera dama del dictador de Corea del Norte, las pedorretas falsas, ver el telediario sin volumen, los libros de Wodehouse, los suricatas, los anuncios de Andropenis y de la cuerda de saltar sin cuerda (en general, los trucos más inmundos de la publi me hacen gracia por no llorar), los lenguajes inventados – tengo un amigo que a todo lo llama jamón, algo confuso cuando te pide el jamón en una cena en la que se puede comer ibérico-. Me hace sonreír la típica chica que sabe que es guapa y camina en consecuencia y también la que piensa que no lo es y por tanto cree que es invisible, que nadie la mira. También un abuelo compartiendo confidencias con su nieto. Y los viejos que miran obras. O los niños que tienen que recorrer tres metros y lo hacen corriendo. Y los guitarristas de macho-rock que usan su guitarra como si fuera su cimbrel. Y los chistes más chorra. Dos ejemplos: Uno, ¿Cómo llama un vaquero a su hija? Yiiiha. Dos, ¿Cómo llama una foquita a su mamá? ¡Modah Focah! Como ves, soy muy barato.

Por Marta Hurtado de Mendoza

Fotografía de Elena Grimaldi

«Hilo musical» está publicado por Alpha Decay

Miqui estará presentando su novela el martes 9 de noviembre a las 18:00 hs en Fnac Callao (Madrid). El jueves 11 de noviembre a las 19:30 hs en Fnac A Coruña. Y el viernes 12 de noviembre a las 19:30 hs en Fnac Parque Principado (Oviedo).

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-LA MINA SIN FIN.


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