Algunos de tus compañeros subrayan que Élite es una gran familia. ¿Cómo has vivido tu la experiencia? ¿La repetirías?
Ha sido una familia sí. Mientras estuve allí me cuidaron muchísimo, me trataron súper bien y me sentí muy cómodo en los rodajes por parte de todo el equipo. Ellos viven en Madrid y yo en Barcelona y supongo que si viviera en la capital los vería más… pero sí, los considero una familia ¡Son unos grandes!
En tu caso, no tienes ninguna formación en interpretación ni tampoco especial interés por ella. ¿Estamos hablando de un ‘don’? ¿Cómo te has preparado para ponerte en la piel de Malick?
Yo he bailado desde pequeño y entonces, creo que todo está un poco relacionado con el arte escénico y el estar delante de las cámaras, el público… Todo eso lo tenía un poco controlado así que… sí, supongo que es un don que de una manera u otra he matizado, lo he musculado y le he puesto mi gracia, mi carisma, eso es lo que tengo.
No creo que sea un gran actor, ni que pueda hacerte una gran construcción de un personaje, pero hay cosas en mí, de mí como Leïti, que son muy naturales y en cámara quedan bien. Creo que eso es lo que funciona (en algunos personajes, claro). En esos papeles son en los que me veo y los que me funcionan, porque sigo aprendiendo. En el momento que deje de aprender y vea que eso me aburre y no encaja conmigo, no lo voy a hacer.

La música cumple un rol muy significativo en muchos momentos de nuestra vida, ¿qué importancia tiene en la tuya?
La verdad que es una gran pregunta… Yo te digo que si no hago música cada día, me siento mal. Creo que eso forma parte de vivir en el capitalismo y toda la movida de que tenemos que ser productivos todo el día… pero hay algo relacionado con la música que, si no estoy cerca de ella cada día, si no bailo un poquito, si no me inspiro o intento crear algo, no me voy a dormir tranquilo. A parte de que me voy a dormir con música y me levanto con música, con auriculares siempre, a muerte… Para mí es un poco todo, es lo que acompaña, es como un aditivo más para verlo todo de otro color.
¿Ha cambiado mucho el Leïti-artista desde Samxen hasta Tatimu?
Yo creo que sí. Al final el Leïti de ahora y el Leïti de Tatimu es una evolución… ¡y va para arriba! Supongo que voy aprendiendo más cosas de mí, las llego a controlar y las puedo expresar y esto al final es crecer. Cuando cantas con alguien, como yo en Samxen, siempre te limitas mucho a lo que os une y cuando cantas solo, tienes todo tu mar de sentimientos, de pensamientos y de cosas que quieres expresar y nadie va a tener que saltar encima…. ¿sabes? Es mucho más íntimo y te permite crecer mucho más rápido. Esto es lo que creo que ha pasado con Leïti.
Como artista, ¿sueles atravesar épocas de conflicto contigo mismo y con lo que haces?
Sí, la verdad es que sí… Cada vez que me perdono, descubro cosas de mí, me acepto y lo paso a algo musical o conceptual, entonces es cuando crezco. Creo que al final mi música crece en el momento que yo crezco y es así. Si no lo hago, tanto yo como mi música, nos estancamos… pero esa es la gracia de un buen arte, un arte que esté vivo y que vaya en sintonía con lo que tú estás viviendo.