Ya han pasado doce años, doce, desde que nos enamoró perdidamente con esa mirada de niña en un bufé libre de chuches y golosinas, y ese flequillito cortado por una línea de puntos, cartesiano y adorable, más rabiosamente francés que Belmondo con boina endiñándose una ración de ancas de ranas. Aunque ya venía de hacer sus pinitos en “Venus, salón de belleza”, 2001 fue una auténtica odisea espacio-temporal para Audrey Tautou gracias a “Amelie”, una gran fábula sobre pequeñas cosas como solo podría haber hecho Jean-Pierre Jeunet. El tsunami mediático fue de arrea, y ella, la grácil y frágil criatura perdida en la plaza de Nôtre-Dame frente a una tienda de gnomos de jardín, aguantó el chaparrón como pudo. Y, bueno, tampoco lo hizo mal del todo: en los años siguientes rodó con "Klapisch", "Frears", "Resnais", nuevamente con Jeunet… hasta que tuvo la “mala” ocurrencia de debutar en Hollywood con “El código Da Vinci”. ¿La dulce Amelie “desvirgada” por un gigante podrido de pasta y con respiración pesadísima? Muchos se quedaron ojipláticos ante tamaña blasfemia, por lo que Tautou optó por ir haciendo cada vez más mutis por el foro. Máxime, cuando su olvidable “Coco” no corrió la misma suerte que, por ejemplo, “La vida en rosa”, de su “sucesora” Marion Cotillard. Pelillos a la mar y tiempo al tiempo. Porque, afortunadamente, la segunda Audrey más famosa de este negocio está de vuelta en la cartelera, tras un par de años de ausencia (desde “La delicadeza”, otra de las de ni fu ni fa). Un uno-dos que arranca hoy con “Thérèse D.”, testamento vital del recordado Claude Miller (“Arresto preventivo”) que, sigue los renglones de la clásica novela de François Mauriac al presentarnos la peripecia de una mujer que, aburrida de su tediosa vida, decide envenenar a su marido (tampoco es eso…). Un filme elegante y con más capas que un galápago que dejó a medio Cannes 2012 con los ojos chiribitas y la mosca detrás de la oreja. Y el viernes que viene, algo completamente diferente, que dirían los Monty Python (por cierto, buen momento para revisar “El sentido de la vida”, que cumple 30 primaveras): “La espuma de los días”, una extravagancia onírico-sentimental de esas que tan bien se le dan a Michel Gondry (siempre que no se meta en camisas de once varas con “Green Hornet” y compañía). Aquí, el adaptado es, naturalmente, Boris Vian, cuyo universo único es revisado con mucho arte por el director de “Rebobine, por favor” y “¡Olvídate de mí!”. Romain Duris, un viejo conocido de nuestra chica de la semana, la acompaña en este viaje de nube a nube sin freno ni marcha atrás. En fin, un otoño dulce para Tautou, que se lo merece la chica. ¿Podrá también darse el gustazo de leer bien su apellido en la prensa, en vez de tanto Tatou, Tautu, Tatum y similares? Agradecidos. Paul Vértigo