Fue uno de mis primeros hombres malos. Yo era muy joven y quizás por eso aún se puede meter el dedo en la yaga y hacerme gritar “¡Ay Arturo!”. Entre todos los nombres, para nada se merecía llevar el de un rey –leyenda o no- considerado monarca ideal. Enrique, este sí le pega –por Enrique VIII, ese que acababa con todas sus mujeres-. Y es que Arturo también acabó conmigo, de una manera rápida pero muy dolorosa –increíblemente, hubiera preferido ser decapitada como Ana Bolena-. Lo conocí en una discoteca y pensé haber roto el mito de que no se puede encontrar de fiesta a un chico que valga la pena. Me sentí -¡IM-BÉ-CIL!- la más afortunada del mundo. Arturo era el hombre que se cree extinguido: inteligente, divertido, atento, conversador, guapo, trabajador, transparente… ¡meeeeeec! Error. Si ahora estuviéramos en un programa llamado “Acierta o Muere” saltaría la luz roja y yo caería en el foso de los leones. Lo tenía TODO. Pero de mentira. Un producto. Otro Ken de plástico. Eso era Arturo. Sabía exactamente qué buscaban las mujeres y se convertía en eso durante 3 citas. Las suficientes para tenerme a sus pies, de rodillas –nunca mejor dicho-.
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La primera me pasó a buscar con su coche, me llevó a cenar, me acompañó hasta mi casa, me besó y se fue. La segunda me pasó a buscar con su coche, me llevó al cine, me acompañó hasta mi casa, me besó, me dijo cuánto le gustaba y se fue. La tercera me pasó a buscar con su coche y me llevó al asiento de atrás. Ya me tenía a sus pies, de rodillas –y en otras posturas-. Dedo en yaga. ¡Ay Arturo! Me entregué. ¡Meeeeeec! Otra vez al foso de los leones. Y cuando acabó conmigo, ni me acompañó a casa, ni me besó. Se fue. Como cantaba Laura Pausini en aquella época con tanta amargura. Así que, como comprenderéis, no me quedó otra que matarlo. Caroline Selmes & Laura Torné (Mujeres Despechadas)