El reciente redescubrimiento internacional de la figura de Mark Shaw depara dos placeres: el primero, la oportunidad de contemplar de nuevo las imágenes de un maestro de la fotografía de moda y del retrato y, el segundo, disfrutar con la historia de cómo se le hizo justicia tardía al trabajo de alguien que en vida llegó a lo más alto de la industria pero cuya prematura muerte le deparó una especie de semi-olvido durante décadas. Muestras como la albergada este año por Loewe en Madrid y Barcelona inciden en su faceta más difundida, la de haber sido el fotógrafo no oficial de los Kennedy. Pero la inminente aparición de “Dior Glamour, 1952-1962, by Mark Shaw” (Rizzoli) permite cotejar si nos encontramos ante un maestro por derecho propio, a la altura de los incontestables Irving Penn o Richard Avedon, y especular con la posibilidad de qué habría llegado a producir de no haber fallecido a los 47 años.
Salón de Balenciaga. París, 1954 @ Mark Shaw, cortesía de Andrew Wilder Gallery Salón de Balenciaga. París, 1954 @ Mark Shaw, cortesía de Andrew Wilder Gallery
Una correcta comprensión de su figura requiere de cierto esfuerzo de imaginación: retrotraernos a la década de los cincuenta, en plena edad de oro de las revistas estadounidenses, devoradas por unas mujeres ávidas por descubrir las nuevas colecciones de las maisons francesas. Comenzando su carrera en Harper’s Bazaar y continuando como freelance en publicaciones como Vanity Fair o Look, fue su trabajo para Life, que varias veces al año lo enviaba a París y para la que fotografió veintisiete portadas, el que le deparó mayor reconocimiento. En su fotografía de moda se aprecia una capacidad para recrearse en la elegancia de las prendas de Balenciaga, Dior, Chanel o Givenchy, para generar una sensación de intimidad y cercanía y para lograr que las modelos brillen en toda su gracia y sin esfuerzo aparente. Un estilo engañosamente sencillo que se ajusta a la estética de la alta costura y del gran lujo de esos años, y que gracias a su uso pionero del color y a haber sido el primero en colarse y captar los backstages de los desfiles (ya en 1954, durante la presentación de una colección de Balmain), documenta de manera aún más valiosa la moda de la época. La inmediatez de sus fotografías le deparó encargos como el seguimiento a Audrey Hepburn durante el rodaje de “Sabrina” (1953), en el que, pese a encontrar cierta frialdad inicial, puso en práctica sus principios de no moverse demasiado delante del retratado y de parecer más bien un amigo que tira unas fotos que un profesional trabajando en un reportaje. El resultado fue una serie de retratos de Hepburn llenos de frescura y vitalidad, tanto en los instantes rescatados del set de rodaje como en los posados. Este tipo de retrato espontáneo y de reportaje sobre un personaje es el segundo pilar de su obra. Buscando “transmitir el ambiente y el espíritu de cierto momento”, retratará a celebridades como Grace Kelly, Liz Taylor, Picasso, Chagall, Cary Grant, Yves Saint Laurent, Brigitte Bardot o al Papa Pablo VI.
Retrato de Grace Kelly, 1954 @ Mark Shaw, cortesía de Andrew Wilder Gallery Retrato de Grace Kelly, 1954 @ Mark Shaw, cortesía de Andrew Wilder Gallery
En 1959, es Jacqueline Kennedy, la esposa del por entonces senador de Massachusetts, la protagonista del reportaje “La encantadora mujer de John Kennedy”. Con este trabajo, comienza una relación de amistad con una familia a la que seguirá durante los cuatro años siguientes. Su amistad con Jackie y su proximidad con el futuro presidente (ambos jóvenes, elegantes, cultos y condecorados en la segunda guerra mundial) le abrirá las puertas de la “corte de Camelot” de los Kennedy, llegando incluso a asesorar al presidente en calidad de expiloto y como analista de fotografías durante la crisis del desembarco de Bahía Cochinos. Pero, en sus fotografías, los Kennedy no aparecen afrontando los conflictos de la época ni los de su propia relación, sino que lo que capta Shaw es a una familia en su intimidad, con naturalidad y sin sensación de estar posando: los retrata en el salón, desayunando, practicando deportes como la vela o la equitación o descansando en la costa. Su objetivo, que el lector comprenda “el afecto mutuo de los Kennedy, su alegría y su manera de disfrutar la vida”. Varias de las fotografías más emblemáticas y reproducidas del matrimonio llevan su sello. La relación acabó con el asesinato de JFK en 1963, que afectó profundamente a Shaw y a su carrera como fotógrafo, y que lo llevó a reunir y publicar un exitoso libro-homenaje con sus fotografías al año siguiente. Posteriormente, comenzó una brillante carrera en la industria de la publicidad para televisión. Pero su fuerte ritmo de trabajo y de vida son demasiado para su salud y muere el 26 de enero de 1969. No sólo desaparece él, sino que durante un largo tiempo su figura apenas es recordada más allá de sus fotografías de los Kennedy.
Descarte de estudio en blanco y negro para la campaña de lencería de Vanity Fair. New York, década de 1950 @ Mark Shaw, cortesía de Andrew Wilder Gallery Descarte de estudio en blanco y negro para la campaña de lencería de Vanity Fair. New York, década de 1950 @ Mark Shaw, cortesía de Andrew Wilder Gallery
Pero dos hechos inusuales permitirán que cuatro décadas después sea posible recuperar su obra: por un lado, que Mark Shaw mantuviera la propiedad de sus originales en vida (algo inhabitual por entonces y que salvó sus obras de los expurgos cometidos en los archivos de Life durante los 70), y por otro, que la que fuera su primera mujer y gran apoyo profesional en sus comienzos, Gera Trotta, decidiera conservar y pagar el almacenaje de los materiales durante todo ese tiempo en un depósito de Manhattan. Tras negociar con ella, el hijo de Mark (fruto de una segunda relación), David Shaw, y su mujer, Juliet Cuming Shaw, logran hacerse con los derechos sobre este archivo y contactan con su amigo Andrew Wilder, un nuevo anticuario y marchante de arte con galería en el distrito de La Brea en Los Ángeles. Juntos desempolvan asombrados lo que ha permanecido en total desorden durante años: ante ellos vuelven a la vida ese tiempo, esos vestidos y esas modelos a través de las diapositivas en color de Shaw. “Fue como ver toda esa época nítidamente por primera vez”, afirma Andrew Wilder. Tras siete años invertidos en la catalogación y comprensión de su legado, así como en la restauración y digitalización de unos materiales con medio siglo de antigüedad, por fin se pueden ver de forma permanente en su galería. “Volver a presentar al mundo a un maestro olvidado no es un trabajo fácil”, asegura el galerista, quien sin embargo no oculta su entusiasmo ante esta tarea: “siempre creímos de corazón en el genio tan especial de Mark Shaw. Desde el momento en el que abrimos los primeros archivos de su increíble trabajo para Dior, supimos que teníamos algo extraordinario que mostrar al mundo”. Una labor que también ha incluido una parte de didáctica hacia un público que, de no conocer en absoluto a Mark Shaw, se ha ido incrementando hasta acudir a la galería en busca de sus fotos y que Andrew Wilder prevé que el libro sobre Dior no va sino a acrecentar: “es el primer volumen sobre su fotografía de moda, hasta ahora el público apenas conocía poco más que sus imágenes de los Kennedy. La cercanía de Shaw con el trabajo de Christian Dior en esta época esplendorosa fue muy importante. La magnífica introducción del libro pone en perspectiva esta relación, así como el trabajo de Shaw en alta costura durante el período de 1952 a 1962. Las fotografías son maravillosas y sé que al público le va a encantar. Esta publicación va a ser algo definitivo: para Shaw y para su valoración en el mundo de la fotografía, así como por todo el trabajo que hemos realizado estos años para darlo a conocer”. Destaca de Shaw su capacidad para reflejar la vida y la personalidad de sus retratados, con un estilo que iba según él mucho más allá de la rígida representación de los vestidos típica en esa época, y también su empatía y habilidad para captar la belleza de las mujeres, “una sensación simultánea de glamour y de proximidad”. Y ya se prepara Andrew Wilder en su galería para la pequeña fiebre que augura que se va a generar alrededor de Mark Shaw, la de todos aquellos que se acerquen por primera vez a una obra única como testimonio para la historia de la moda, la historia reciente, la mitomanía de una época y, en resumen, para el arte fotográfico.
Retrato de Coco Chanel. París, 1957 @ Mark Shaw, cortesía de Andrew Wilder Gallery Retrato de Coco Chanel. París, 1957 @ Mark Shaw, cortesía de Andrew Wilder Gallery
El libro “Dior Glamour, 1952-1962” (Rizzoli) está ya disponible. Por Jorge Flores