Un polvo puede estar bien, puede ser la boooooomba, puede dejarte indiferente o resultar pésimo, justito o de esos que cuando tus amigas te preguntan contestas “normal” porque no sabes cómo catalogarlo. Los hombres le dan mucha importancia a lo que diremos de ellos cuando nos sentemos a comentar acerca de cómo lo han hecho. Quizás le temen más a esta respuesta que a la de “¡¿Y qué qué qué, cómo la tiene?!”, básicamente porque ante eso no pueden hacer nada –y sí, es una pregunta muy corriente, por si algún hombre está leyendo esto-. Por eso se esfuerzan y le ponen tantísimas ganas al “durante”. Pero, ¿y el “después”? ¿Es que ninguno se ha parado un segundo a pensar en que el “después” es casi más importante que el “durante”? Para ellos puede ser el momento en el que arreglar un polvo de suspenso. A veces somos tan pavas que con cuatro arrumacos olvidamos el desastre que acaban de hacer. Y esto provoca que cuando nuestras amigas preguntan, digamos “¡Genial!, maaaás moooono…”. –Si eres hombre y sigues leyendo esto, apunta. Te estoy dando la clave para pasar de pichafloja a héroe-.
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Pero para nosotras el “después” es otra cosa, es el momento del AMOR -aunque no haya amor porque es un tio que acabas de conocer esa misma noche, da igual-. En ese instante es cuando te sientes querida, valorada, única, y te gusta que te hablen, que te digan lo guapa que eres, lo buena que estás, que te mimen. Por eso, el día que aquel polvo llamado Ferran –de notable alto, por cierto- bajó de encima de mí, me envolvió entre sus brazos y, de repente, un ronquido en fase REM hizo pedacitos mi ideal de final feliz, no tuve elección. Así que, como comprenderéis, no me quedó otra que matarlo. Caroline Selmes & Laura Torné (Mujeres Despechadas)