Cuántas veces habéis sido esa chica que vuelve de viaje en avión reventada, con las cervicales hechas polvo por estar apoyada tanto rato contra la ventana, los tobillos 3 tallas más grandes, masticando chicle para matar el sabor de recién despertada, el culo cuadrado en vez de redondo y que carga una pesada maleta que ha tardado la eternidad en llegar a la recogida de equipajes. ¿Cuántas? Seguramente todas habéis estado en este equipo. Pero quizás un pequeño detalle lo cambia todo, y muchas os pasáis al equipo ganador. muerteapau_vanidad Volvamos a esa chica, la que aterriza de esta guisa. Y ahora, imaginad que recoge la maleta, cruza la puerta de “Llegadas” y –¡sorpresa!– encuentra a su hombre –no malo– esperándola para abrazarla. Qué más da si hace dos días o dos meses que no se ven, si levanta o no un cartelito manual –y cutre– de “Bienvenida” –aunque si lo lleva ¡10 points!–, o incluso si pone mala cara porque está jugando su equipo y se lo está perdiendo. Lo que vale, ¡es que está ahí! Y esa chica –hecha un asco– se siente la mujer más feliz del mundo. Eso yo no sé qué es. No importa las veces que se lo insinúe, ni el tiempo que ha pasado desde que no nos vemos, ni que sea domingo tarde y sepa que no tiene nada más que hacer que ver nada en la tele, ni que le diga directamente “Pau, venme a buscar porfa, me haría mucha ilusión, odio no haber sido NUNCA esa chica, ¡quiero saber qué se siente! ¡Hazlo maldito hijo de %&#@!”. No, esto tampoco ha servido jamás. Así que, como comprenderéis, no me quedó otra que matarlo. Por Caroline Selmes & Laura Torné (Mujeres Despechadas)