Marine Vacth en Marine Vacth en "Joven y bonita"
Ha pasado un lustro y aún no nos hemos quitado de la cabeza la delirante imagen de un bebé con alas revoloteando cual jilguero rebelde ante la desesperación de sus padres. Tal shock visual (aunque la película fuese más bien discreta, a veces a la altura de nuestro “Tobi”… ¿qué será de Lolo García y de María Casanova, por cierto?), pertenecía a “Ricky”, aquella marcianada doméstica dirigida por uno de los cineastas con mejor ojo clínico del cine francés: François Ozon. No hay más que recordar su anterior filme, “En la casa”, magistral adaptación de la obra teatral de Juan Mayorga “El chico de la última fila” que se llevó de calle la Concha de Oro en San Sebastián. O, más lejanas en el tiempo, cintas como “Gotas de agua sobre piedras calientes”, “Swimming pool”, “El tiempo que queda” o hasta “8 mujeres”. Ahora, Ozon gira sobre su eje y vuelve a inspeccionar el enigma femenino en “Joven y bonita”, historia de una hermosa y acomodada diecisieteañera (nada de “Lolita”, pues) que, hablando en plata, se mete a puta de lujo por las buenas. Aunque muchos han visto una versión actualizada de “Belle de Jour”, el cineasta tenía otra cosa en mente: "La película gira, sobre todo, en torno a lo que significa tener 17 años y sentir cómo se transforma el cuerpo. El cine suele idealizar la adolescencia. Para mí fue un periodo complicado, de sufrimiento y de transición, del que no siento la menor nostalgia. No quería mostrar la adolescencia como un momento sentimental, sino más bien como un momento casi hormonal; algo fisiológicamente muy poderoso ocurre en nuestro interior, pero al mismo tiempo nos sentimos anestesiados. La prostitución era una forma de exacerbar este aspecto, de mostrar que la adolescencia plantea ante todo cuestiones relativas a la identidad y a una sexualidad aún no conectada con los sentimientos. Aparte, me apetecía volver a trabajar con actores jóvenes, ya que mis primeros trabajos hablan mucho de la adolescencia". Y joven, y desde luego bonita, es Marine Vacth, modelo de campanillas (sustituyó a Kate Moss como perfumada “chica Yves Saint Laurent” en 2011) que con su primer trabajo cinematográfico de enjundia supera con nota las expectativas, llenando la pantalla de una sensualidad desinhibida que recuerda a la deslumbrante Brigitte Bardot: “La había visto en un pequeño papel en una película de Cédric Klapisch y, nada más conocerla, sentí en ella una fragilidad tremenda y, a la vez, mucha fuerza. Su belleza enmascara un misterio, un secreto que despierta la curiosidad y las ganas de saber más. Fue un papel muy difícil, con muchos ensayos, pero ser modelo le dio mucha libertad con su cuerpo”, comenta Ozon. Su esfuerzo se vio recompensado con una nominación al César a la mejor actriz revelación, que perdió dignamente frente a la gran Adèle Exarchopoulos por “La vida de Adèle”. Lo dicho, una joya típicamente francesa, con vetas a la nouvelle vague, alma de balada de Françoise Hardy y cuerpo de verso de Rimbaud: “La seriedad no existe a los 17 años”.   Paul Vértigo