Una vez al año, un peplum no hace daño. Y si es en vísperas de Semana Santa, cuando a uno se le pone el cuerpo bíblico (moderadamente, tampoco hay que abusar), más y mejor. Además, peplum de autor, una categoría rara avis donde las haya, exceptuando títulos como “Espartaco” (Kubrick), “La última tentación de Cristo“ (Scorsese), “Gladiator” (Scott) o hasta “La pasión de Cristo” (Gibson). Pero el de “Noé“ es un caso aún más peculiar. Noah_Vanidad Allá va la batallita del abuelo Cebolleta: hace más de quince años nos encontramos, en la merendola de inauguración del Festival de Gijón (cuando aún era EL Festival de Gijón) a un muchacho tímido, con pinta de llevar los deberes de ecuaciones al día, a punto de zamparse un “bollo preñao” bien grasientito. El chaval, director novato él, presentaba a concurso su ópera prima, una jambalaya matemático-sionista llamada “Pi”, y entrañablemente se estremeció al saberse rodeado de críticos y cronistas con hambre de metáforas acuchilladas atrasada. Darren Aronofsky, que así se llamaba el rookie, solventó con nota el primer envite, e incluso el segundo (la impresionante y alucinada “Réquiem por un sueño”), aunque al tercero (“La fuente de la vida”) se le atragantó su metafísica new age y cosmogónica. No pasa nada porque, con sus dos siguientes largos, “El luchador” y “Cisne negro”, demostró una versatilidad artística y, al fin, taquillera de muchos quilates, aparte de atesorar esa virtud tan valorada hoy y siempre como es la dirección de actores. Nunca han estado, ni posiblemente estarán, tan bien Mickey Rourke y Natalie Portman como en estas historias de ring y tutú. Con este impulso necesario, y tras cuatro años de espera, ahora llega su nuevo y anhelado filme, para el que Aronofsky se pone estupendo y bíblico. N_Vanidad Nada menos que “Noé”, ya se sabe, el del diluvio y los animalitos, con un reparto lleno también de humanos de primera (Russell Crowe, Jennifer Connelly, Emma Watson, Nick Nolte, Frank Langella y hasta Anthony Hopkins como Matusalén), unos efectos especiales grandilocuentes y la intención de presentar, según el cineasta, al “primer ecologista en plantar viñedos, beber vino y emborracharse; un tipo con muchas historias sucias de las que no se cuentan en clase de religión”. Aunque muchos han mentado a Buckheimer y a “Waterworld”, el espectáculo está asegurado y a remojo. Que tiemblen los cimientos y la memoria de John Huston, el Noé que pervivía en nuestra memoria cinéfila. Hasta ahora. Paul Vértigo