Muere YAYOI KUSAMA, la artista que enseñó a los museos a dejarse fotografiar

Yayoi Kusama murió el 14 de agosto en un hospital de Tokio, a los 97 años. Deja siete décadas de obra levantadas sobre un motivo mínimo, el lunar, que salió de sus alucinaciones infantiles y terminó cubriendo bolsos de Louis Vuitton, vídeos musicales y millones de fotografías en redes. Repasamos hasta dónde llegó su influencia fuera del arte

Muere Yayoi Kusama a los 97 años: la artista que convirtió los lunares en un fenómeno mundial

Yayoi Kusama falleció el 14 de agosto de 2026 en un hospital de Tokio a los 97 años, según comunicaron el Museo Yayoi Kusama y su fundación el pasado 27 de agosto. La artista siguió pintando hasta sus últimos días. Nacida en Matsumoto en 1929, en una familia acomodada dedicada al comercio de semillas, empezó a dibujar redes y puntos hacia los diez años, cuando comenzó a experimentar alucinaciones en las que veía el mundo cubierto de manchas repetidas.

Su respuesta a aquellas visiones consistió en pintarlas, en un proceso al que llamó autoborrado y que aplicó primero al lienzo, después a objetos cotidianos y más tarde a habitaciones enteras. Ese sistema sostuvo setenta años de producción y terminó desbordando el circuito artístico hasta llegar a las pasarelas, los videoclips y las redes sociales. Estas son las vías por las que sus lunares se instalaron en la cultura visual contemporánea.

Yayoi Kusama rodeada de sus obras, en las que los colores intensos, los lunares y las formas repetitivas definieron un lenguaje artístico único. Imagen: @yayoikusamamuseum
Yayoi Kusama rodeada de sus obras, en las que los colores intensos, los lunares y las formas repetitivas definieron un lenguaje artístico único. Imagen: @yayoikusamamuseum

De la escuela de Kioto al hospital de Tokio

Su formación fue breve y conflictiva. En 1948 ingresó en la Escuela Municipal de Artes y Oficios de Kioto para estudiar nihonga, el estilo pictórico tradicional japonés codificado durante la era Meiji frente a la influencia occidental. Terminó el curso y abandonó la disciplina, incómoda con su sistema jerárquico y rígidamente masculino. Tampoco encontró apoyo en casa, donde su madre se oponía a que pintara y llegó a destruir sus obrasEl 15 de noviembre de 1955 escribió a Georgia O’Keeffe, a quien no conocía, para pedirle consejo sobre cómo abrirse camino en Estados Unidos. La pintora le respondió, y de aquella correspondencia salió el impulso para instalarse en Nueva York en 1958.

Allí construyó su círculo entre quienes estaban reformulando el arte del momento. Donald Judd, entonces crítico, fue el primero en comprarle una obra, por 200 dólares que pagó en cuatro plazos. Kusama participó además en la vanguardia de los sesenta con performances y protestas contra la guerra de Vietnam, y sostuvo después que su trabajo con la repetición seriada y las esculturas blandas precedió a piezas posteriores de Andy Warhol y Claes Oldenburg, en una escena que tardó en reconocer a una artista japonesa y mujer. De esos años datan sus hallazgos centrales: las redes infinitas sobre lienzo, los objetos cubiertos de protuberancias y, en 1965, la primera sala de espejos en la que el visitante se veía repetido sin fin, un formato que anticipó décadas antes la obra que se recorre por dentro en lugar de contemplarse a distancia.

Yayoi Kusama en una de sus icónicas instalaciones inmersivas, donde los espejos y la repetición construyen su particular universo infinito. Imagen: @yayoikusamamuseum
Yayoi Kusama en una de sus icónicas instalaciones inmersivas, donde los espejos y la repetición construyen su particular universo infinito. Imagen: @yayoikusamamuseum

Regresó a Japón en 1973, y en 1977 ingresó por voluntad propia en el hospital psiquiátrico Seiwa de Tokio, donde vivió el resto de su vida saliendo cada día a trabajar al estudio que instaló enfrente. Le habían diagnosticado un trastorno de despersonalización y síntomas obsesivos, y explicó en repetidas ocasiones que crear era el único procedimiento que aliviaba su enfermedad. Esa continuidad entre biografía y obra sostiene los cincuenta años siguientes de producción.

Louis Vuitton y la conquista de la moda

La relación de Kusama con la moda empezó en los sesenta, cuando diseñó ropa con agujeros y estampados de puntos, y alcanzó una escala industrial en 2012. Ese año Louis Vuitton, con Marc Jacobs como director creativo, lanzó una colección que cubrió de lunares bolsos, calzado, prendas y gafas de sol, además de los escaparates de sus tiendas en todo el mundo.

Aquella cápsula funcionó como una de las alianzas más rentables entre una firma de lujo y una artista contemporánea, y se repitió en 2023 con una segunda colección, «Creating Infinity», organizada en familias de motivos (puntos pintados, puntos metálicos, puntos infinitos y flores psicodélicas) y con maniquíes animados de la artista instalados en las fachadas de las tiendas. El acuerdo llevó su imaginario a un público que nunca había pisado una galería, y consolidó un modelo de colaboración entre arte y lujo que después han seguido otras casas.

 

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La música que adoptó sus puntos

El vínculo de Kusama con la industria musical viene de lejos. En 1992, Peter Gabriel invitó a once artistas a crear una pieza para cada canción de su álbum «Us», y a ella le correspondió «Lovetown». El tema quedó fuera del disco y se publicó al año siguiente en la banda sonora de «Philadelphia», pero la obra que Kusama había realizado terminó inspirando el vídeo musical, dirigido por Michael Coulson, en el que la artista participó con sus indicaciones visuales.

La huella posterior es más difusa y más extensa: el repertorio de puntos repetidos, colores saturados y espacios espejados se ha instalado en la escenografía de conciertos, en la dirección artística de vídeos musicales y en las portadas de discos que buscan un efecto psicodélico inmediato. La propia Kusama compuso además material sonoro, como la pieza «Manhattan Suicide Addict», incluida en una de sus retrospectivas en la galería David Zwirner de Nueva York.

Yayoi Kusama junto a una de sus famosas calabazas de lunares, uno de los motivos más reconocibles de la obra de la artista japonesa. Imagen: @yayoikusamamuseum
Yayoi Kusama junto a una de sus famosas calabazas de lunares, uno de los motivos más reconocibles de la obra de la artista japonesa. Imagen: @yayoikusamamuseum

El arte en la era del teléfono móvil

Su fase más popular llegó con las redes sociales. Las salas de espejos infinitos se convirtieron en el destino fotográfico por excelencia de los museos a partir de la década de 2010, con colas de horas: en 2026, de hecho, había una de sus instalaciones en el museo Guggenheim de Bilbao. La etiqueta que agrupaba esas imágenes alcanzó decenas de millones de cuentas en Instagram y en la antigua Twitter. El fenómeno transformó la manera en que los museos gestionan la fotografía en sala, que pasó de prohibirla a diseñar espacios pensados para ella, y el perfil del visitante, con públicos jóvenes que llegaron al arte contemporáneo por esa vía.

Kusama, que llevaba medio siglo trabajando con la repetición y con la disolución del individuo en un patrón, resultó especialmente adecuada para un momento cultural que funciona por multiplicación de imágenes. Su museo en Tokio, abierto en 2017, y la calabaza amarilla de lunares instalada en la isla de Naoshima siguen recibiendo visitantes que viajan expresamente a fotografiarlos. Esa combinación de reconocimiento crítico y arrastre popular la convirtió en una de las artistas vivas más vendidas del mercado internacional, con exposiciones que batieron récords de asistencia en museos de Estados Unidos, Europa y Asia durante la última década.

El universo de Yayoi Kusama expuesto en el Yayoi Kusama Museum de Tokio, con los lunares, colores y patrones repetitivos que marcaron su trayectoria. Imagen: @yayoikusamamuseum
El universo de Yayoi Kusama expuesto en el Yayoi Kusama Museum de Tokio, con los lunares, colores y patrones repetitivos que marcaron su trayectoria. Imagen: @yayoikusamamuseum

Marta España @mdmovidas

Imágenes: Instagram

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