En 1929, Ángeles Santos pintó a cuatro mujeres reunidas en una habitación, leyendo, conversando y pasando el tiempo. Casi un siglo después, Fillas de Cassandra han convertido aquel cuadro en su nuevo disco «Tertúlia», doce canciones para sacar la silla a la calle y hablar. Antes de su concierto de mañana, 6 de noviembre, en La Riviera de Madrid, repasamos con María SOA y Sara Faro lo que el disco ha ido revelando en los seis meses transcurridos desde su publicación
Fillas de Cassandra actúan el 6 de noviembre en La Riviera de Madrid: hablamos con ellas sobre «Tertúlia»
Fillas de Cassandra nacieron en Vigo, en unas jornadas feministas, y dieron su primer concierto un 25 de noviembre dentro de un acto del Concello. María SOA y Sara Faro toman su nombre artístico de Casandra, la princesa troyana condenada a acertar siempre y a que nadie la creyera. Por debajo de toda su ideología hay una fórmula que comparten con buena parte de la nueva música en gallego: ritmos de muiñeira, voces de raíz, melodías entre el pop y el rap y producción electrónica.
Ellas, sin embargo, se sienten hoy más cerca del urbano que del circuito tradicional. «Tertúlia», toma su título de un óleo de Ángeles Santos de 1929, colgado en el Reina Sofía: cuatro mujeres en una habitación pequeña, en una época en que la tertulia de café era cosa de hombres. Santos lo pintó con dieciocho años, deslumbró a la vanguardia y al año siguiente su familia la internó en un psiquiátrico. Nunca volvió a pintar igual.
El disco responde al cuadro desde su primera canción, «Saír á fresca» (salir a la fresca), que saca la silla a la calle para conversar entre amigas, y se completó con una instalación artística de doce sillas escultóricas, una por tema. Colaboran Pipiolas, Zetak, Ede y Abraham Cupeiro, que les construyó un aulós griego.
Hacer la entrevista ahora, unos meses después de la salida, permite preguntaros qué habéis aprendido del disco que no sabíais cuando lo estabais haciendo.
María: Al principio lo de hacer comunidad, lo de hablar por hablar, era algo que se palpaba en el ambiente, pero era sobre todo una necesidad nuestra, lo que nos atravesaba. Y luego ha cambiado tanto el ambiente sociopolítico que el disco se ha resignificado al máximo. De repente todo el mundo está saliendo a la fresca, y también para revolucionarse.
¿Os ha escrito gente que haya asociado vuestras canciones a lo que estamos viviendo?
María: Donde más se ve es en los conciertos. «Tertúlia», que es la canción con más carácter de himno, se ha convertido en un momento de desinhibirse todo el mundo, como si estuviéramos en las trincheras. Ahí noto las circunstancias que está viviendo la gente, y también la incomodidad de otros.
Sara: Y luego está toda esa reivindicación que hacemos en el disco de no estar anestesiadas, de oponernos a la tibieza como forma de resistencia. Eso ya estaba en el disco, y cada vez ocupa más espacio público.
María: Donde sí nos escriben es más desde las ganas de juntarse otra vez con las amigas, de hacer estas reuniones.
El disco va de juntarse a hablar y, a la vez, en «track audios magnetica» metéis un montón de audios de WhatsApp: hablar sin juntarse.
Sara: La comunicación por redes nos permite mantener relaciones a distancia, y este disco está hecho con muchas personas que no viven donde vivimos nosotras. Pero el punto era la necesidad de juntarse. Los audios son una comunicación en diferido, se nota en el propio audio que no es bidireccional, que se responden en otro tiempo, y aun así existe la creencia de que estamos en una conversación continua. Todos esos audios son de personas que formaron parte del disco, y como hubo que trabajar mucho a través del móvil, no podía faltar ninguna en la tertulia, aunque fuera de esa manera.
María: Lo premeditado de un audio o de un mensaje hace que no seas espontánea del todo, y que puedas arrepentirte de lo que vas a decir antes de decirlo. Hablar en persona, con toda la gestualidad, que sea bidireccional, es fundamental.
En el cuadro ninguna mujer parece estar hablando y están encerradas en una habitación. Vuestra primera canción saca la tertulia a la calle. A veces, entre nosotras, ya sabemos lo que nos pasa: ¿cómo se consigue que se enteren los demás?
María: Con el cuadro, lo interesante de que no estén hablando es que la tertulia no tiene por qué ser de palabra. Lo que hacen ellas es ocupar un espacio tranquilamente. Y creo que a donde queremos llegar es a eso: a estar tranquilas en todos los sitios, cuando como mujer siempre estás incómoda, pendiente de la mirada externa, de lo que dices y lo que no. Ahí están las cuatro, pachorras. Seguramente habrán hablado de nada y de todo, pero están tranquilas.
Sara: Juntarnos entre nosotras y reconocernos en las experiencias vino de luchar contra ese descrédito que llega desde fuera, una forma de rearmarnos. Pero tengo contradicciones, porque también nos agota ser divulgadoras constantemente: además de revisitar las violencias que sufrimos, tenemos que hacer pedagogía sobre ellas.
María: Por eso, si entre nosotras conseguimos afirmarnos y estar cómodas, ocuparemos los espacios sin necesidad de explicar por qué.
Sara: Fuimos al Reina Sofía a ver la exposición de Maruja Mallo, que ya estaba en nuestro imaginario.
María: Y las dos vimos los cuadros de Ángeles Santos, pero por separado, cada una visitando el museo a su ritmo. No lo comentamos en ese momento, pero las dos habíamos hecho la misma foto.
Sara: Cuando llegamos al hotel estábamos buscando el concepto que uniera todas las letras que ya venían saliendo, apareció ese título y daba en el clavo de lo que estábamos contando.
Habéis trabajado con Abraham Cupeiro y con un aulós que construyó él. ¿Llegasteis a tocarlo?
María: Lo único que hicimos fue conversar con el aulós, porque son dos voces que se parecen mucho a las nuestras. Fue él quien nos dijo: «tengo este instrumento y creo que las cuatro voces juntas van a quedar increíbles».
Sara: La canción que le propusimos era una nana, «Filla filliña» (hija, hijita), que apela a esa cosa primitiva de sentirse protegida frente a lo que pasa en el mundo. Así que encajaba también en el discurso, no solo en el sonido. Le admirábamos desde antes, sabíamos que era un friki de todo esto y que en algún momento íbamos a coincidir.
María: Es una eminencia, así que hasta que no fue él quien tiró la caña, no surgió. Pero ahí estamos los frikis juntos.
Hay artistas que opinan que si tienes que explicar una canción es que no la has hecho bien. Vosotras acompañáis cada disco con instalaciones, fanzines o películas. ¿De dónde sale esa necesidad?
María: Más que explicación, es un acompañamiento visual. Yo no separo las dos cosas. Puedes contar que la silla de «Alboroto» lleva pinchos porque la canción habla de tal cosa, pero en realidad lo entiendes por ambas a la vez.
Sara: Cuando creamos canciones nos cuesta entender la música únicamente como música; aparecen de la mano muchos imaginarios que nos apetece explorar en otras disciplinas. En este caso fue una exposición escultórica, algo que nunca habíamos hecho. Contactamos con una escenógrafa e hicimos un juego sinestésico: buscábamos menos el significado de las canciones que la sensación que generan, y ver qué les devolvía al público ese objeto.
Vuestra música es digital y contemporánea, puro pop, pero por cantar en gallego, ¿sentís que se os exotiza como si fuerais más folclóricas de lo que sois?
María: Escuchas nuestro primer disco y tiene herramientas de las que estamos orgullosísimas, como las pandeiretas o los ritmos de muiñeira, pero también quisimos juntarnos con productores para ver qué pasaba con eso. Nos encantaba la electrónica, y la tradición, al final, es lo popular, es pop. Es verdad que si usas alguna herramienta tradicional te empujan a meterte en lo tradicional, y creo que hacía falta, porque estábamos en un momento de empuje de la identidad y de que resurgieran un montón de grupos que lo hacen. Ahora nos consideramos más urbanas, más del pop. Y aunque nos folcloricen, no es algo que nos preocupe demasiado.
Ninguna de las dos creció hablando gallego en casa. ¿Qué ha pasado en vuestra generación?
Sara: Entre nosotras ya hay cinco años de diferencia, así que son generaciones distintas. En nuestro caso fue una conciencia política: entender el valor que tiene una lengua, que es un tesoro. Y la reflexión histórica de todos los años en que estuvo prohibido hablar gallego. Es casi una deuda: después de que otras conquistaran el derecho a hablarlo, que nosotras decidiéramos no hacerlo… Ahí tomas la decisión. Se lo debemos, y nos lo debemos como pueblo. Percibo un interés muy grande en la música en gallego, que ya está totalmente diversificada en estilos, pero no acaba de traducirse en hablantes. Se vinculó siempre el gallego a lo lírico, a la poesía, y no a la vida cotidiana.
María: Se romantiza tener una identidad y un idioma, pero luego no se habla.
Sara: Por eso la música es una herramienta fundamental. Pienso en todas las niñas y niños que usan ahora música en gallego en las aulas y que la tendrán en su imaginario, con la esperanza de que de mayores se les despierte la conciencia a partir de un recuerdo positivo. O cuando tocamos fuera y se nos acerca gente con ganas de aprender gallego.
María: Les decimos que es suyo también. Todas las raíces se tocan debajo de la tierra.