#Análisis. Hay sitio para todos: cómo coexistir en el «FRONT ROW» de los DESFILES sin diluir roles

Menos perfiles masivos, más voces especializadas y asistentes con vínculo real: las marcas empiezan a reajustar el equilibrio en los desfiles mientras reaparece una pregunta clave, ¿quién construye hoy el criterio en moda?

Antes de convertirse en contenido, la moda fue, ante todo, un negocio. Los desfiles no estaban pensados para ser consumidos en tiempo real ni para circular en redes, sino para cumplir una función mucho más directa: vender. En los salones privados de las Maisons, frente a un público reducido, las colecciones se presentaban a quienes realmente sostenían el sistema: compradoras, figuras con capacidad de decisión y editoras. Eran ellas quienes daban sentido a ese espacio. Unas porque adquirían las piezas, y otras porque las interpretaban. No había ruido, ni necesidad de amplificación constante, todo respondía a una lógica bastante clara.

Con el tiempo, ese modelo empezó a abrirse. La presencia de celebridades introdujo una nueva dimensión, la del glamour como herramienta de comunicación. Actrices, músicos o figuras públicas comenzaron a ocupar esos espacios no tanto por su capacidad de análisis, sino por su capacidad de atraer atención. Aun así, el equilibrio se mantenía: seguía habiendo un vínculo entre la moda, su contexto y quienes la legitimaban.

Desfile de Dior en los años 50 con un front row compuesto por editoras y compradoras clave del sistema de la moda. Imagen: @modes_muzejs
Desfile de Dior en los años 50 con un front row compuesto por editoras y compradoras clave del sistema de la moda. Imagen: @modes_muzejs

Front row: cómo las marcas están redefiniendo quién se sienta en primera fila

No toda visibilidad genera valor

El cambio más profundo llegó con la digitalización y, especialmente, con la aparición de creadores de contenido. La primera fila dejó de ser un espacio relativamente cerrado para convertirse en un escaparate global. De repente, el valor ya no residía únicamente en quién entendía la colección o quién podía comprarla, sino en quién podía amplificarla. Stories, vídeos, publicaciones inmediatas, es decir, que el desfile ya no terminaba cuando acababa la pasarela, sino que se multiplicaba en cientos de pantallas.

Durante años, esta lógica funcionó. Más visibilidad significaba más impacto, y ese impacto se interpretaba como relevancia. Sin embargo, el sistema ha empezado a mostrar signos de saturación, porque cuando todo está diseñado para captar atención de forma inmediata, el resultado tiende a ser homogéneo. Las mismas imágenes, los mismos gestos, las mismas reacciones, es decir, mucho contenido, pero no necesariamente más significado.

Lejos de ser una novedad, esta dinámica ya tiene recorrido. Algunas marcas empezaron a poner límites a la omnipresencia digital, buscando que los desfiles recuperen su sentido original. The Row o Thom Browne prohibieron los móviles para fomentar una conexión más directa con las colecciones; y otras firmas como Miuccia Prada o Yohji Yamamoto, entre otras, han priorizado desde hace tiempo audiencias seleccionadas evitando la sobreexposición en redes, reivindicando la inmersión y el análisis de la obra frente a su consumo inmediato.

 

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En ese contexto, algunas marcas han comenzado a introducir pequeños ajustes. Menos perfiles masivos, más voces especializadas, y más presencia de asistentes con una relación directa con la firma. No es un cambio radical ni uniforme, pero sí lo suficientemente visible como para plantear una duda: si la moda está empezando a cuestionar el modelo de visibilidad que ella misma ayudó a construir.

El debate, en el fondo, no gira tanto en torno a quién se invita como a la función que ocupa cada uno. Porque aquí es donde aparece una de las confusiones más claras del momento: la tendencia a equiparar influencia con criterio. En muchos casos, se está tratando a ciertos perfiles digitales como si desempeñarán el mismo papel que editores o periodistas de moda, cuando en realidad operan desde lógicas completamente distintas. Quienes trabajan desde el ámbito editorial analizan, contextualizan y construyen el discurso, mientras que quienes generan contenido acercan, traducen y amplifican. Ambos aportan valor, pero desde lugares diferentes.

Entender esa diferencia es clave. Porque el sistema de la moda no se sostiene sobre una única función, sino sobre la convivencia de varias. Están quienes compran o sostienen económicamente las marcas; quienes interpretan y generan relato; y quienes amplifican y conectan con nuevas audiencias. El problema no es que existan estos perfiles, sino que se diluyan sus roles hasta parecer intercambiables.

 

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Más allá de quienes amplifican la atención, la industria de la moda también se sostiene gracias a un amplio ecosistema de profesionales: estilistas, coordinadores de campaña, personal shoppers, entre otros, cuyos trabajos conectan la creatividad con la estrategia comercial, y garantizan a su vez que las colecciones lleguen a su destino de forma tangible.

Por otro lado, la presencia de figuras que generan visibilidad, ha intentado reforzar esta estructura en un momento en que la economía de la moda ha mostrado signos de desaceleración. Entonces, entender este equilibrio es importante, porque mientras algunos aportan alcance inmediato y notoriedad, otros sostienen la industria desde su funcionamiento más concreto.

Esto no implica, en ningún caso, que los influencers no deban formar parte del sistema. Al contrario. Su presencia tiene sentido, especialmente en firmas en crecimiento o en contextos donde la visibilidad sigue siendo necesaria para posicionarse. También es coherente cuando existe una relación real con la marca: embajadores, imagen de campaña o perfiles que representan de forma clara su universo. En esos casos, su presencia en front row no solo está justificada, sino que forma parte del propio relato.

Pero incluso dentro de ese grupo, no todos aportan lo mismo. Hay perfiles con una mirada construida, con capacidad de generar contexto o de conectar de forma coherente con una firma, y otros cuya aportación se limita a la exposición puntual. Y es ahí donde la selección se vuelve relevante. Porque cuando esa presencia deja de ser complementaria para convertirse en dominante, el sentido original de ese espacio se diluye. Y aunque la visibilidad está ahí, no hay necesariamente valor detrás.

Gwyneth Paltrow y Giancarlo Giammetti en el front row de Valentino FW26
Gwyneth Paltrow y Giancarlo Giammetti en el front row de Valentino FW26

¿Quién se beneficia realmente de la visibilidad?

Hay, además, una cuestión que atraviesa todo esto y que rara vez se plantea de forma directa: ¿qué tipo de visibilidad y para quién? En el caso de grandes casas de lujo, el argumento de la exposición resulta, como mínimo, discutible. Firmas con un posicionamiento global consolidado no necesitan ser descubiertas, sino reforzar su narrativa, su coherencia y su deseo. En ese contexto, no se trata tanto de llegar a más gente como de llegar de la forma adecuada.

A esto se suma otro cambio importante: las redes ya no son un territorio exclusivo de un solo perfil. Hoy, muchos editores, periodistas y perfiles especializados trabajan también desde plataformas digitales, utilizando esos mismos canales para aportar lectura, contexto y difusión. Por lo que la diferencia ya no está tanto en el medio, sino en el enfoque.

Todo esto apunta a una idea más amplia: la necesidad de reordenar, no de excluir. La moda siempre ha sido un ecosistema complejo, donde conviven distintos perfiles con funciones distintas. Figuras públicas, creadores digitales, prensa, compradores. Todos forman parte del engranaje, pero no todos cumplen el mismo papel ni deberían ocupar exactamente el mismo espacio, es decir, que hay sitio para todos, pero no en el mismo lugar.

Los movimientos recientes de algunas marcas parecen apuntar precisamente hacia ese reequilibrio. No como una vuelta al pasado, sino como una corrección de ciertos excesos. También como una forma de recuperar coherencia, especialmente en el ámbito del lujo, donde la narrativa de exclusividad sigue siendo central. Porque cuando todo se vuelve accesible, inmediato y masivo, esa narrativa pierde fuerza.

 

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Aun así, sería ingenuo interpretar este cambio como un gesto puramente ideológico, ya que la moda sigue siendo industria, y cada decisión responde también a una estrategia. Reducir ciertos perfiles puede generar una sensación de exclusividad, y apostar por voces más específicas puede transmitir autenticidad. En ese sentido, el sistema no se rompe, sino que se reajusta.

Lo interesante es que, incluso dentro de ese reajuste, emerge una necesidad que va más allá de la estrategia: la de recuperar el criterio. En un entorno donde todo se muestra, pero no todo se explica, la capacidad de interpretar vuelve a adquirir valor. No como nostalgia de un modelo anterior, sino como respuesta a una saturación evidente.

Por lo tanto, quizá el verdadero cambio no consista en decidir quién entra y quién no, sino en entender mejor qué papel juega cada uno dentro del sistema. Porque cuando las funciones se confunden, la moda pierde claridad. Y cuando pierde claridad, también pierde parte de su valor.

Por eso, más que una cuestión de presencia, el debate actual es una cuestión de sentido. De equilibrio. De volver a construir un espacio donde convivir no signifique sustituir, y donde cada figura, desde quien comunica hasta quien analiza o sostiene económicamente la industria, aporte desde su lugar. Solo así el front row recupera su sentido: un espacio donde cada presencia aporta y refleja la esencia de la moda que representa.

Eneko Méndez @enekomndez

Imágenes: Instagram

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