#Análisis: El LUJO también tiene clase (social)

El lujo ha tendido a entenderse como una categoría cerrada que, sin embargo, se revela hoy como una idea móvil, inestable y profundamente condicionada por la clase social, el contexto económico y la posición desde la que se vive. En su recorrido entre la construcción de la industria de la moda y la experiencia real de quienes lo nombran, una misma palabra empieza a desplegar significados que no siempre coinciden entre sí

En la industria de la moda, el término parece estable: un conjunto de códigos asociados al precio, la exclusividad y la distancia. Pero esa estabilidad se rompe en cuanto entra en contacto con la vida cotidiana, es decir, ¿cómo se sostiene una palabra cuando no todos la viven igual?

Lo que se presenta como una categoría homogénea no se sostiene igual en todos los contextos. Para algunas personas, forma parte de lo cotidiano, para otras, se sitúa en el terreno de lo aspiracional, y para muchas, directamente, se convierte en algo ajeno. Es decir, la misma palabra funciona, pero su contenido cambia en función de la posición económica y social según la realidad de quien lo mira.

En este punto, las declaraciones de Patrice Louvet, director ejecutivo de Ralph Lauren, para BOF (Business Of Fashion), vuelven a poner sobre la mesa una cuestión que la industria suele evitar: la posibilidad de que una misma idea no tenga una única definición, sino múltiples interpretaciones condicionadas por la realidad material de quien la utiliza, y por el lugar desde el que se construye su significado.

 

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Por lo tanto, quizá la cuestión no sea solo qué significa esa idea de «lujo», sino por qué hemos asumido que su significado podía ser compartido de forma universal.

«Lujo»: ¿Cuántas realidades caben en una misma definición?

No todos leen lo mismo

La idea de que una palabra pueda contener significados distintos no es nueva, pero rara vez se analiza con la profundidad que merece cuando se traslada al lenguaje de la moda. En ese espacio, donde la comunicación se construye tanto desde lo aspiracional como desde lo comercial, el significado de los conceptos parece fijarse con facilidad. Sin embargo, basta con salir de ese marco para que esa supuesta estabilidad se diluya.

Hablar de aquello que tradicionalmente se ha asociado a la exclusividad implica, en realidad, hablar de un sistema de referencias que no es común para todos. No porque las palabras cambien, sino porque las condiciones desde las que se interpretan sí lo hacen. Y lo que en un lugar se entiende como aspiración, en otro puede no entrar siquiera dentro de lo imaginable. Es en ese desplazamiento donde se vuelve visible una de las tensiones centrales del discurso contemporáneo de la moda: la distancia entre el lenguaje que utiliza la industria y la experiencia real de quienes lo reciben.

Diseño de alta costura con silueta teatral y detalles bordados en pasarela, representación clásica del lujo europeo y su construcción estética histórica. Imagen: @archived.runway
Diseño de alta costura con silueta teatral y detalles bordados en pasarela, representación clásica del lujo europeo y su construcción estética histórica. Imagen: @archived.runway

En este marco, las declaraciones de Patrice Louvet, adquieren un peso particular. En una conversación con Business of Fashion, Louvet apuntaba que lo que tradicionalmente se ha entendido como símbolo de estatus no tiene por qué ser percibido de la misma manera por todos los consumidores. En sus palabras, la idea de valor no es universal, sino que depende del contexto individual, y lo que para una persona puede ser un gesto cotidiano, para otra puede representar una decisión excepcional. Incluso una misma prenda, dependiendo de la situación económica, puede situarse en escalas completamente distintas de significado, de modo que para algunos un gasto de 50€ o 120€ puede ya situarse en el terreno de lo excepcional, catalogando incluso como un «lujo».

Esta afirmación, más allá de su lectura corporativa, abre una grieta conceptual importante, la idea de que el valor no es fijo, sino relacional. Y si el valor es relacional, también lo es el significado.

Desde la sociología, Pierre Bourdieu ya había planteado que el valor simbólico no reside en los objetos, sino en las estructuras sociales que los interpretan. Esto quiere decir que lo que una sociedad considera deseable o prestigioso no es natural, sino una construcción social que depende directamente de la posición desde la que se mira.

Modelo en backstage con abrigo de piel y champán, símbolo contemporáneo del lujo asociado a exclusividad, consumo y experiencia aspiracional en la moda. Imagen: @archived.runway
Modelo en backstage con abrigo de piel y champán, símbolo contemporáneo del lujo asociado a exclusividad, consumo y experiencia aspiracional en la moda. Imagen: @archived.runway

Aun así, a finales del siglo XIX, esta lógica ya había sido planteada por Thorstein Veblen, autor de The Theory of the Leisure Class (1899), que había descrito el consumo como una forma de demostración social, en la que los bienes funcionan como señales de estatus dentro de una jerarquía, es decir, que no se consume únicamente por necesidad o gusto, sino también por lo que ese consumo dice de quien lo realiza.

Pero estas teorías, aunque fundamentales, no agotan el problema. Porque el punto más complejo no es cómo se construye el valor, sino cómo ese valor se fragmenta cuando atraviesa realidades distintas.

Dapper Dan, Lo Lifes y el origen social del lujo en la cultura streetwear

La historia de la moda contemporánea ofrece ejemplos claros de este desplazamiento. En el contexto urbano de Nueva York, colectivos como los Lo Lifes reinterpretaron prendas de Ralph Lauren como símbolos de identidad cultural y aspiración reconfigurada. Lo que en su origen pertenecía a un imaginario elitista pasó a formar parte de un lenguaje completamente distinto, cargado de nuevas lecturas sociales.

De forma paralela, figuras como Dapper Dan, en Harlem, trabajaron directamente con los códigos visuales de casas como Gucci o Louis Vuitton, apropiándose de sus logotipos para construir piezas que no imitaban el lujo, sino que lo resignificaban desde otra realidad. Aquel gesto, inicialmente marginalizado por la industria, acabaría siendo posteriormente incorporado y legitimado por las propias marcas.

Dapper Dan posando con abrigo de piel y estética maximalista en Harlem, ejemplo clave de cómo el lujo se resignifica desde la cultura urbana. Imagen: @archived.dreams
Dapper Dan posando con abrigo de piel y estética maximalista en Harlem, ejemplo clave de cómo el lujo se resignifica desde la cultura urbana. Imagen: @archived.dreams

En ese cruce entre cultura de calle y sistema de moda es donde la idea de lujo empieza a volverse especialmente contradictoria. Lo que nace muchas veces en contextos de escasez, en entornos donde no hay acceso a grandes marcas ni a consumos elevados, acaba convirtiéndose, con el tiempo, en referencia estética global. Pero ese recorrido rara vez es simétrico. Cuando esas estéticas llegan a las pasarelas o a las grandes casas de moda, lo hacen traducidas a precios y códigos que, paradójicamente, expulsan a quienes originalmente las generaron.

Y ahí aparece una ironía difícil de ignorar. Porque lo que en su origen surge como una forma de creatividad ligada a la falta de recursos, mezclar, reutilizar, reinterpretar lo que está disponible, termina convertido en producto de lujo. El resultado es un sistema en el que la estética viaja, pero el acceso no, y donde el valor simbólico se separa completamente de la realidad que lo originó.

Dapper Dan junto a artista del hip hop luciendo prendas customizadas con códigos de lujo, reflejo del vínculo entre moda, música y estatus en los años 80. Imagen: @archived.dreams
Dapper Dan junto a artista del hip hop luciendo prendas customizadas con códigos de lujo, reflejo del vínculo entre moda, música y estatus en los años 80. Imagen: @archived.dreams

Este movimiento no es anecdótico, sino que es la prueba de que el significado no es propiedad exclusiva de quien lo produce, sino también de quien forma parte él. Y aquí es dónde Roland Barthes, ya había señalado que la moda funciona como un sistema de signos, y que no existe un significado inherente en las prendas, sino una lectura cultural que les otorga sentido. Pero que cuando ese sistema circula entre contextos sociales distintos, deja de ser estable.

En este sentido, la globalización del consumo y la expansión de la cultura visual han intensificado este fenómeno. Hoy, las imágenes circulan de forma simultánea en múltiples contextos, perdiendo gran parte de su anclaje original. Una misma referencia estética puede ser interpretada desde perspectivas muy distintas sin que ninguna de ellas tenga una autoridad absoluta sobre las demás.

Por lo tanto, es en este escenario donde las palabras de Patrice Louvet adquieren una dimensión más amplia. No tanto como una redefinición del concepto desde la industria, sino como el reconocimiento implícito de que el valor no se sostiene de forma uniforme. Porque al final, la cuestión no es únicamente cómo se define el lujo, sino quién decide qué pertenece a esa categoría y qué no.

Colectivo Lo Lifes posando con prendas Polo Ralph Lauren en Nueva York, ejemplo clave de cómo el lujo se resignifica desde la cultura urbana y la identidad social. Imagen: @blogerwave
Colectivo Lo Lifes posando con prendas Polo Ralph Lauren en Nueva York, ejemplo clave de cómo el lujo se resignifica desde la cultura urbana y la identidad social. Imagen: @blogerwave

La idea de que esto esté necesariamente ligado a precios elevados, a objetos inalcanzables o a experiencias fuera del alcance de la mayoría no es una definición neutral, sino que se trata de una construcción que nace desde una determinada posición social y económica, y que con el tiempo ha terminado por consolidarse como si fuera universal, aunque en realidad no lo sea.

Esa aparente naturalidad oculta una realidad más compleja: no todas las realidades parten del mismo punto. Para algunas personas, hablar de lujo implica pensar en objetos, en marcas o en consumos concretos, para otras, la palabra se desplaza hacia algo mucho más básico, hacia aquello que debería ser común pero que no siempre lo es.

Entonces, ¿qué ocurre cuando una palabra que se presenta como compartida no puede serlo en la práctica? ¿Qué pasa cuando lo que para unos es aspiracional, para otros ni siquiera entra en el terreno de lo posible?

Quizá por eso la idea de lujo no puede entenderse como una categoría cerrada. No solo porque cambie su significado según quien la mire, sino porque cambia también según las condiciones de vida desde las que se nombra.

Es en ese punto, dónde el debate deja de ser únicamente semántico o estético, para hablar de que lo que se considera lujo, también implica hablar de acceso, de desigualdad y de posiciones sociales muy distintas entre sí. Por lo que tal vez la pregunta no sea qué es el lujo, sino qué significado adquiere dependiendo únicamente desde dónde se pronuncie.

Eneko Méndez @enekomndez

Imágenes: Instagram

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