El cine francés vuelve a sorprendernos con una de sus comedias más memorables de los últimos tiempos: “Guillaume y los chicos, ¡a la mesa!”, un psicodrama familiar salido de la prodigiosa de Guillaume Gallienne
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El cine francés vuelve a sorprendernos con una de sus comedias más memorables de los últimos tiempos: “Guillaume y los chicos, ¡a la mesa!”, un psicodrama familiar salido de la prodigiosa de Guillaume Gallienne
Ahora que unos cuantos “Sheldon Coopers” de la vida han descubierto el instante justo después del primer parpadeo cósmico, no estaría mal que otros eruditos se aplicasen a investigar algunos Big Bangs cinéfilos surgidos aquí y allá. Por ejemplo, el curioso caso de Guillaume Gallienne, un actor secundario (Bob, por los rizos y la planta) entrevisto en “María Antonieta”, una de “Astérix y Obélix” y poco más, que decide hacer terapia de choque con su turbulento pasado familiar y poner sus traumas y fantasmas sobre las tablas de la «Comedia Francesa», consiguiendo un éxito teatral descomunal. Éxito que se volvería casi estratosférico con la adaptación al cine de “Guillaume y los chicos, ¡a la mesa!”, uno de los últimos fenómenos socio-culturales en el país vecino, caballo ganador de los últimos César, y que ha permitido al actor acceder a platos más sofisticados, como el biopic de Yves Saint Laurent dirigido por Jalil Espert y protagonizado por Pierre Niney. Lo dicho, un “petardazo galáctico” en toda regla.
Pero, ¿qué tiene “Guillaume y los chicos, ¡a la mesa!” que a todo el mundo le mola? Principalmente tres cosas: desparpajo, duende y mala leche. Lo primero viene de la mano del propio personaje estelar, que ofrece un tour de force sobre sus no tan maravillosos años de adolescencia, castrados por una sexualidad agónica y maternalmente equivocada y condicionada. El duende llega de la parte “española” del relato, con ese episodio marciano y gaditano en la Línea de la Concepción, donde Guillaume vuelve a sentir la suave humillación que le persigue durante toda su existencia. Y, en fin, la mala leche sobre vuela de cabo a rabo el metraje, desde sus sueños de Sisí emperatriz con vestido de “edredoning” hasta los picoteos y devaneos erótico-deportivos, eclosionando en la omnipresente madre, a la que da vida el propio Guillaume en un giro de los acontecimientos que descolocaría al mismísimo Freud.
https://youtu.be/4PyZw90vOt8
“Esta película es como un movimiento que retruena, que se amplifica, un deseo que se transmite a otros actores, a otros técnicos, que bullen de ganas de acompañar esa transformación inyectándole su propio «toque», porque juntos encendemos el fuego, como Guillaume creía hacerlo bailando sevillanas como una chica… Porque no se trata de ver a parejas rompiendo en cafés parisinos. Guillaume vive aventuras de verdad, aquí y allá. De esas que te forjan un destino, a falta de una sexualidad. Saltando de la tragedia a la comedia, de su habitación a todo tipo de universos, Guillaume reencuentra la inocencia adulta de personajes como aquellos con los que Jack Lemmon se divertía en las películas de Billy Wilder. Aunque Jack Lemmon nunca haya imitado a Sisí… Menciono a estos grandes maestros porque, en el fondo, me imagino una bella comedia clásica. Busco encontrar esa riqueza de tono que caracteriza el mundo en el que crecí, usando con entusiasmo los artificios del cine para jugar a exagerar lo exagerable, pero en realidad convirtiendo al espectáculo en cómplice de mi florecimiento“. Así describe a su criatura Galliene, invitándonos a asistir a una de las funciones más originales, inteligentes y terapéuticas de los últimos tiempos. Eso sí, ojo con llevarse a la mamá al cine, por lo que pueda pasar luego.
Paul Vértigo