Analizamos «LA INVITACIÓN»: ¿puede una cena entre vecinos hacerte replantear tu matrimonio?
Escena de «La invitación»
Olivia Wilde reúne como directora y actriz a Seth Rogen, Penélope Cruz y Edward Norton alrededor de una mesa en una comedia matrimonial incómoda, ágil y peligrosamente sincera que confirma algo que nuestras madres llevan toda la vida diciéndonos: nunca sabes lo que ocurre en casa de nadie
«La invitación»: una cena, dos matrimonios y demasiados motivos para divorciarse
La película«La invitación» es el remake estadounidense de «Sentimental» (2020), de Cesc Gay —que, a su vez, partía de su obra teatral «Los vecinos de arriba»— y conserva inevitablemente algo de ese origen. Durante buena parte del metraje tenemos cuatro actores, una casa y una conversación que se va complicando progresivamente. Es prácticamente como ver una obra de teatro en la gran pantalla —de la que no te gustaría formar parte—.
¿De qué trata la película?
Joe (Seth Rogen) y Angela (Olivia Wilde) son un matrimonio en crisis que invita a cenar a sus vecinos, Pína (Penélope Cruz) y Hawk (Edward Norton), una pareja aparentemente mucho más segura, sensual y compenetrada que ellos. El problema —o quizá lo interesante— es que sus invitados parecen haber acudido con algo más que un excelente postre. A partir de ahí, saber poco es la mejor opción: la velada toma caminos cada vez más inesperados y una sencilla cena entre vecinos termina siendo cualquier cosa menos sencilla.
Fotograma de «La invitación», la nueva película de Olivia Wilde
Todos somos un poco hijos de Ingmar Bergman
Hace unos artículos atrás, hablaba del bergmanismo, término que me he inventado —o que alguien habrá inventado antes y yo utilizo ahora con total impunidad— para referirme, en parte, a esa larga tradición cinematográfica de parejas que se sientan a hablar y terminan destripando toda su relación. Porque después de «Secretos de un matrimonio» (1973), discutir frente a una cámara nunca volvió a ser simplemente discutir.
La fórmula ha mutado mucho desde entonces. Está en «Husbands and Wives», con Woody Allen convirtiendo la neurosis, las interrupciones y las conversaciones donde todo el mundo se pisa en una forma de hacer cine; en «Historia de un matrimonio» (Noah Baumbach, 2019), donde una conversación puede pasar de la ternura a la crueldad en cuestión de segundos; o en «Perfectos desconocidos» (Álex de la Iglesia, 2017), que también entendió algo fundamental: una mesa, varias parejas y demasiada sinceridad son ingredientes más que suficientes para organizar una catástrofe. «La invitación» pertenece a esa familia.
Edward Norton y Penélope Cruz junto a Seth Rogen y Olivia Wilde en una escena de la película
Porque, quitándole la comedia, habla de cosas sorprendentemente fáciles de reconocer. De relaciones que llevan tantos años existiendo que sus integrantes ya no saben exactamente qué queda debajo de la rutina. De la pérdida del deseo. De las cosas que no decimos para evitar una discusión y que terminan convirtiéndose precisamente en aquello por lo que discutimos, y de algo todavía más incómodo: mirar otra relación desde fuera y pensar que ellos sí han descubierto cómo funcionar.
Seth Rogen, por favor, no te calles nunca
Seth Rogen mejora con los años. Después de regalarnos la fabulosa serie de Apple TV, «The Studio» (2025), vuelve a demostrarnos que pocas cosas se le dan mejor que interpretar de forma natural a un hombre genuinamente gracioso al que, al mismo tiempo, puedes comprender perfectamente que alguien quiera estrangular durante una discusión.
Joe es el plato fuerte de la película, utiliza el humor y la ironía como mecanismo de defensa y hace perfectamente comprensible que alguien quiera estrangularlo durante una discusión.
Olivia Wilde en «La invitación»
Olivia Wilde, que mientras dirige, hace un trabajo especialmente bueno desde el extremo contrario. Angela es un manojo de nervios y buena parte de su interpretación está en ese extraño esfuerzo desesperado por aparentar normalidad cuando absolutamente nada de lo que está ocurriendo a su alrededor lo es.
Y entonces están Penélope Cruz y Edward Norton. Sensuales, misteriosos y sospechosamente seguros de sí mismos, desde que entran en casa queda claro que saben algo que sus anfitriones no. Penélope Cruz, además, tiene el gusto de seguir siendo española también en Hollywood: su origen forma parte del personaje y hasta se permite algún que otro momento en nuestro idioma.
La taquicardia como forma de dirigir
En los últimos años parece haberse consolidado una forma muy concreta —y efectiva aunque no nueva— de representar la ansiedad: cortes bruscos, música tensa, diálogos superpuestos y personajes que apenas se dejan terminar una frase. «Punch-Drunk Love» (Paul Thomas Anderson, 2002) ya convertía la ansiedad de Adam Sandler en algo casi físico; «Birdman», desde un planteamiento formal muy distinto, recurría al movimiento constante, las conversaciones atropelladas y su omnipresente batería; y «Shiva Baby» (Emma Seligman, 2021) consiguió que una reunión familiar resultara más angustiosa que muchas películas de terror.
Pero han sido quizá los hermanos Safdie quienes más se han apropiado de este lenguaje en los últimos años, hasta convertir la taquicardia cinematográfica casi en una seña de identidad de piezas como «Good Time» y «Uncut Gems».
Una escena de «La invitación», dirigida por Olivia Wilde
«La invitación» recurre a esa misma forma. Empiezo a preguntarme si estamos convirtiendo este lenguaje en la respuesta automática para representar el nerviosismo. Es una forma de dirigir tan característica que, por efectiva que sea, corre el riesgo de resultar repetitiva si seguimos encontrándola de forma tan constante.
Una última advertencia para las parejas
A «Secretos de un matrimonio» se le atribuyó durante años haber contribuido al aumento de los divorcios en Suecia: Bergman había puesto frente a muchas parejas conversaciones que quizá nunca se habían atrevido a tener.
«La invitación» juega en una liga mucho más ligera, pero comparte algo de ese efecto espejo. Es una comedia disfrutable que, entre situaciones impredecibles y discusiones, termina hablando de problemas en los que a veces es difícil que muchas parejas no se reconozcan.
Esperemos que esta vez nadie salga del cine replanteándose su matrimonio. Y si ocurre, solo podemos deciros: Namasté. Perdón, ya pillaréis esto cuando veáis el film.