La obsesión por ser original está destruyendo la CREATIVIDAD (y la moda lleva años demostrándolo)
La creatividad no nace de cero: por qué la moda, el arte y el diseño viven de reinterpretar ideas. Imagen: @irisvanherpenn
En un contexto donde las referencias son inevitables, la creatividad no se define tanto por la novedad de la idea como por la forma en la que se desarrolla hasta convertirse en algo propio, o al menos esa es la teoría
Durante años, la creatividad se ha vendido casi como una competición por encontrar algo completamente nuevo. Una carrera constante por hacer algo que nadie haya hecho antes, que no recuerde a nada, o que no tenga referencias visibles. Y cuanto más saturada parece estar una industria, como la moda, el arte o incluso el cine, más aparece esa presión silenciosa de intentar escapar de todo lo anterior. Pero quizá ahí está precisamente el error.
Porque si se observa con atención, gran parte de las obras, colecciones y proyectos más influyentes de la historia no nacieron de una idea radicalmente nueva o rebuscada. Nacieron de algo aparentemente simple, incluso obvio.
Alexander McQueen para Givenchy reinterpretó códigos clásicos como el dorado, la ornamentación y la iconografía aristocrática para construir uno de los imaginarios más teatrales de la moda contemporánea. Imagen: @aralda.viintage
Nadie crea desde cero: cómo la moda demuestra que la originalidad es un mito
La originalidad rara vez aparece como una iluminación espontánea. Normalmente surge durante el proceso: en cómo se desarrolla una idea, en cómo se mezcla con otras referencias, o en cómo se ejecuta hasta dejar de parecer evidente. Y probablemente por eso algunas de las propuestas más importantes de la historia partieron de conceptos sorprendentemente básicos.
En el mundo creativo se repite constantemente una frase: «todo está hecho». Y aunque muchas veces se utiliza desde el pesimismo, en realidad es una afirmación bastante lógica. La creatividad siempre ha funcionado a partir de referencias, reinterpretaciones y conexiones entre ideas ya existentes, es decir, que prácticamente nadie crea en un vacío.
La moda bebe del arte, el arte bebe de la arquitectura, la arquitectura bebe de la historia, y todo termina cruzándose constantemente. Incluso las propuestas que parecen más rupturistas suelen construirse sobre códigos anteriores. El problema es que se ha romantizado la idea del genio que inventa algo desde cero. Como si la creatividad auténtica tuviera que surgir sin influencias, sin contexto y sin referencias previas, pero en cambio en la práctica, las cosas nunca funcionan así.
Jean Paul Gaultier convirtió el corsé en un símbolo de cultura pop y provocación gracias al vestuario de Madonna durante el Blonde Ambition Tour de 1990. Imagen: @bovarygr
Las pinturas rupestres ya demostraban cómo funciona la creatividad
De hecho, muchas veces ocurre lo contrario, cuanto más intenta alguien «ser original», más forzado termina pareciendo el resultado. Y en realidad esto lleva ocurriendo desde el principio de la historia visual. Basta pensar en las pinturas rupestres de las primeras civilizaciones. Aquellas personas no partían de conceptos complejos ni de una obsesión por crear algo «nunca visto». Pintaban lo que tenían alrededor: animales, escenas de caza, cuerpos humanos, su entorno más inmediato.
La idea era simple. Representar aquello que conocían. Y aun así, hoy estas pinturas siguen siendo una de las primeras grandes manifestaciones artísticas de la humanidad.
Porque lo importante no era inventar algo completamente ajeno a la realidad, sino la necesidad de traducir una mirada, una experiencia o una forma de entender el mundo. Incluso ahí, en uno de los orígenes más primitivos del arte, la creatividad ya funcionaba más como interpretación que como invención absoluta.
Las pinturas rupestres son una de las primeras pruebas de que la creatividad siempre ha surgido de reinterpretar el entorno y la experiencia humana. Imagen: @historiayarqueologia
Aun así, eso tampoco significa negar que existan personas con una capacidad imaginativa especialmente desarrollada. Hay creativos que tienen un imaginario visual inmenso, una sensibilidad concreta o una forma de asociar conceptos que les permite llevar una idea aparentemente básica hacia lugares mucho más complejos. No todo el mundo piensa igual, ni conecta imágenes de la misma manera, ni tiene las mismas referencias culturales, visuales o emocionales. Y obviamente eso influye.
De esta manera, dos personas pueden partir exactamente de la misma inspiración y llegar a resultados completamente opuestos. Ahí entra la mirada personal, la intuición, la cultura visual y también la obsesión con la que alguien trabaja sobre un concepto. Pero incluso en esos casos, muchas veces la base sigue siendo sencilla.
Thierry Mugler llevó la moda hacia territorios futuristas y mitológicos a través de siluetas extremas, referencias animales y una teatralidad que redefinió la alta costura. Imagen: @coronelmartin
Una de las confusiones más comunes es pensar que una gran idea tiene que ser necesariamente compleja. Que para crear algo importante hace falta partir de un concepto extremadamente intelectual, abstracto o difícil de entender, demostrando constantemente la historia constantemente que no.
En moda, por ejemplo, basta mirar colecciones que aparentemente partían de ideas mínimas o incluso evidentes, pero cuya ejecución terminó siendo histórica.
Alexander McQueen y el arte de transformar ideas simples en colecciones históricas
El caso de Alexander McQueen en Givenchy es uno de los más interesantes. Cuando llega a la Maison francesa, comenzó a trabajar con códigos extremadamente reconocibles: el blanco, el dorado, la ornamentación clásica, incluso la propia letra “G” de la firma. Sobre el papel, no parecía una revolución conceptual, pero la manera en la que desarrolló esas referencias, mezclando imaginarios religiosos, aristocráticos y casi mitológicos, transformó elementos básicos en algo visualmente poderosísimo.
La idea inicial era simple, la construcción no. Ahí está la diferencia. Porque una referencia evidente no invalida el resultado. Lo que determina el valor creativo es el nivel de desarrollo que existe detrás.
Las flores y la naturaleza fueron el punto de partida de una de las colecciones más icónicas de Alexander McQueen, transformando referencias clásicas en un universo oscuro y teatral. Imagen: @ayerhsmagazine
Por qué una idea simple puede convertirse en algo revolucionario
Al hilo de esto, hay una escena muy concreta de «El diablo viste de Prada» que resume perfectamente esta idea. Cuando Miranda Priestly responde con sarcasmo: «¿Flores en primavera? Qué original».
La frase ridiculiza lo previsible, lo esperado. Lo que ya se ha visto mil veces. Pero precisamente ahí aparece algo interesante: que una idea sea obvia no significa automáticamente que sea mala.
Y probablemente un ejemplo muy claro sea la colección Spring/Summer 2007 de Alexander McQueen. La inspiración partía de algo tan clásico y recurrente como las flores y la naturaleza. Pero McQueen llevó esa referencia hacia un imaginario mucho más oscuro, teatral y casi decadente, mezclando siluetas escultóricas, estampados orgánicos y una construcción visual que transformaba algo aparentemente romántico en algo inquietante. Dicho esto, aquí también entra otro factor importante: el contexto histórico.
Los tocados escultóricos de Philip Treacy transformaron referencias orgánicas y surrealistas en algunas de las piezas más reconocibles de la historia de la moda. Imagen: @philiptreacyarchive
Porque es evidente que desarrollar una idea hoy no es lo mismo que desarrollarla hace cincuenta o setenta años. El contexto cultural cambia completamente la percepción de lo «nuevo». Antes había menos referencias visuales, menos acceso a imágenes, menos colecciones produciéndose constantemente y menos estímulos creativos circulando al mismo tiempo. Esto hace que actualmente parezca mucho más difícil sorprender.
Y en parte es verdad. Muchas ideas ya han sido exploradas antes de alguna manera. Pero precisamente por eso el trabajo creativo contemporáneo tiene más que ver con reinterpretar que con inventar desde cero. Porque aunque existan más referencias que nunca, también existen más posibilidades de conexión entre disciplinas, más formas de resignificar algo y más herramientas para desarrollar una idea desde perspectivas diferentes.
Marcel Duchamp y la obra que cambió para siempre el arte contemporáneo
Esa idea se entiende especialmente bien en el arte, donde pocas obras explican mejor esta idea que Marcel Duchamp y su famosa obra Fountain.
Porque, objetivamente, Duchamp no creó un objeto nuevo, no diseñó una escultura desde cero, ni inventó una técnica revolucionaria. Lo que hizo fue coger un urinario industrial, cambiarlo de contexto, colocarlo dentro de un espacio artístico, consiguiendo alterar por completo la historia del arte contemporáneo.
Porque la originalidad no estaba en el objeto, sino en la idea conceptual que había detrás. En cuestionar qué podía considerarse arte y qué no. Esto ocurre constantemente en moda, aunque no siempre se verbalice así. Muchas de las colecciones más influyentes de la historia parten de conceptos sorprendentemente sencillos, incluso cotidianos. Lo que las convirtió en algo histórico fue el nivel de profundidad con el que esas ideas se desarrollaron.
Marcel Duchamp cambió la historia del arte contemporáneo al demostrar que la originalidad podía residir en el contexto y no necesariamente en el objeto. Imagen: @olivier_gabet
Rei Kawakubo, Martin Margiela y los diseñadores que redefinieron la originalidad
Rei Kawakubo, por ejemplo, trabajó durante años alrededor de ideas como la ausencia, el negro o la imperfección. Conceptos extremadamente básicos en apariencia. Pero en colecciones como «Body Meets Dress, Dress Meets Body» de Spring/Summer 1997 para Comme des Garçons llevó esa idea hasta deformar completamente la silueta tradicional del cuerpo femenino mediante volúmenes acolchados colocados en zonas inesperadas. La premisa era simple: alterar el cuerpo. La ejecución terminó cambiando la conversación estética de toda una época.
Algo parecido ocurrió con Martin Margiela. Muchas de sus colecciones nacían de elementos absolutamente ordinarios: prendas vintage, costuras visibles, ropa reciclada o forros interiores. En su colección Spring/Summer 1990 convirtió materiales reutilizados y prendas desmontadas en piezas de lujo cuando la moda todavía asociaba el lujo con perfección y acabado impecable. No estaba inventando una prenda nueva, sino alterando la manera en la que se entendía el valor de la ropa.
También Jean Paul Gaultier partió de una idea extremadamente conocida, el corsé, para construir uno de los imaginarios más reconocibles de la cultura pop. Lo interesante no era el objeto en sí, sino cómo lo sacó de su contexto histórico y lo convirtió en símbolo de poder, provocación y cultura pop, especialmente con Madonna durante el Blonde Ambition Tour de 1990. O incluso como Iris Van Herpen ha dado vida a su imaginario, partiendo del cuerpo como base, pero creando piezas «vivas».
Los volúmenes escultóricos de Comme des Garçons Spring/Summer 1997 demostraron cómo una idea aparentemente simple podía cambiar la silueta femenina para siempre. Imagen: @aralda.vintage
Esto se traduce a que existe una tendencia muy común a sobrevalorar la idea inicial y subestimar todo lo demás. Pero la realidad es que una idea sin desarrollo tiene poco valor. Y en ese sentido, Rick Owens lo resume de forma muy clara cuando plantea que la creatividad es apenas una pequeña parte del proceso, alrededor de un 5%, mientras que el 95% real está en la ejecución.
Así que quizá la clave está en eso, no obsesionarse con encontrar «la gran idea», sino con saber trabajar bien la que ya tienes. Porque casi nunca la diferencia está en el punto de partida, sino en lo que haces con él, y en hasta dónde eres capaz de llevarlo.