Analizamos «The Last Showgirl», la última película que ha dirigido Gia Coppola y que ha protagonizado la leyenda viva Pamela Anderson.
Fotograma de «The Last Showgirl». Imagen: YouTube.
Fotograma de «The Last Showgirl». Imagen: YouTube.
Analizamos «The Last Showgirl», la última película que ha dirigido Gia Coppola y que ha protagonizado la leyenda viva Pamela Anderson.
Es una peli. Ni más ni menos: dura apenas hora y media, la trama está clara, a los personajes los entiendes sin esfuerzo. Empatizas. Te ríes. Te emocionas un poco. A priori, es sólo una peli. Pero en realidad, si profundizas un poco más, te das cuenta de que «The Last Showgirl» forma parte de la nueva revolución en contra de la tortura de la belleza: es una herramienta más de la venganza de las mujeres guapas.
Gia Coppola, siguiendo la línea de su hermana mayor Sofia, se enfoca en las historias femeninas, con una estética que respira esa misma feminidad y que pone en el foco el discurso de las mujeres por encima del de cualquier hombre. Así, construye un relato al rededor de la famosísima figura de Pamela Anderson, torturada por el ojo público y tachada de «rubia tonta», posicionándola en un lugar que le permite no sólo lucirse como actriz, sino retratar el sufrir que ella misma ha cargado tantos años.
Y es que a veces, parece que ser guapa es todo lo que puede ser una mujer. Y otras veces, te lo repiten tanto, que acabas por creértelo. En Vanidad analizamos esta nueva ola de reivindicación y todo lo que está trayendo consigo:

En esta nueva ficción, Pamela encarna el papel de una mujer que, a sus 57 años, siente que ha perdido lo más valioso que tiene: su trabajo como bailarina de un show en un casino en Las Vegas. Pero no es que a Shelly, el personaje de Anderson, la despidan, es que el show cierra; ya no interesa.
La vuelta a los castings termina por escupir en la cara de nuestra protagonista lo que ella en el fondo ha estado pensando durante los últimos 30 años: le dieron el trabajo por guapa, y ahora ya no lo es. Ahora ya no interesa, igual que el show.

Acompañada de actrices como Jamie Lee Curtis (leyenda del cine de los 90) o Brenda Song (icono del Disney Channel de los 2000), sus personajes enfrentan el cambio de la mejor manera que pueden. Shelly, por su lado, regresa a aquello que sacrificó por su sueño: su relación de maternidad con su única hija.
Diversas en carácter y edad, Shelly y sus compañeras comparten más que una vida laboral; comparten el mismo escenario vital. Sin embargo, a diferencia de sus compañeras, nuestra protagonista vive el show como si de un auténtico sueño cumplido se tratase, mientras que el resto lo consideran un fracaso estrepitoso. Shelly recuerda los inicios, recuerda la fama…. Shelly es una vieja gloria, igual que lo son Pamela, Jamie y Brenda. A todas las dieron por acabadas una vez.

Asimismo, la redención de estas mujeres viene, inevitablemente, ligada a su belleza. Ya nos lo contó Demi Moore en «La Sustancia»; Hollywood es un lugar cruel que te abandona cuando ya no eres joven y guapa y, a veces, tu sueño puede turnarse en tu peor pesadilla.
A menudo sucede que esa belleza suele confundirse con estupidez, privando a la mujer de cualquier posibilidad de talento más allá de la apariencia física.
¿Su profesión? Sex symbol, no modelo, no actriz, no bailarina; sex symbol. Esta cosificación, tan descarada en tiempos actuales regidos por ese gran foro común llamado Internet, se transforma también en una licencia para que el mundo opine sobre algo tan íntimo como es el cuerpo y la cara de otras personas. Bueno, personas no; mujeres.
Rigoberta Bandini, todo un icono de nuestro panorama musical, canta lo siguiente: «Pamela, no supimos ver quién eras más allá de tu belleza despampanante». Un verso que resume a la perfección el despertar que muchas mujeres están queriendo imponer en esta sociedad que tanto ha sufrido.

No, no es ningún secreto que la elección de Anderson para el papel de Shelley no ha sido aleatoria; y es que Pamela en sí misma ya es una figura política que ha desmentido y luchado contra el estandarte de «rubia tonta» que quisieron imponerle en los 90. Sin embargo, a pesar de todo, tuvo que soportar las críticas cuando hace unos años decidió presentarse en diversas alfombras rojas sin una gota de maquillaje. Parecía que Anderson había traicionado a alguien, privando al público de su «belleza despampanante», como si fuese lo único que puede ofrecer.

Pero Pamela no es la única que ha puesto en marcha conductas en contra de la tortura que ha supuesto durante años resultar atractiva. Hace menos de un año, Ester Expósito, reconocida actriz española, recogía un premio que significaría un punto de inflexión; no por el galardón en sí, sino por el discurso con el que lo acompañó.
En breves minutos, Expósito expresaba un profundo malestar y cabreo con respecto a los comentarios sobre su físico, alegando que las mujeres no son muñecas y que tanto sus caras como sus cuerpos, cambian. Esto desembocaría en toda una campaña de marketing acogida por Desigual, que llevó el discurso de la actriz a las pancartas más grandes del mundo bajo el lema «not a doll».

Es curioso reflexionar sobre las figuras de Ester y Pamela. Ambas han sido siempre mencionadas por su físico mucho antes que por ningún otro atributo relacionado con su profesión. Y de igual manera le sucedió a Marylin Monroe, que aún mantiene un legado que sólo la recuerda como una mujer guapa.
Así, desde Vanidad reflexionamos: ¿Es a caso lícito hacerle sentir a una mujer que lo único valioso que tiene y que tendrá es su belleza? ¿Incluso a sabiendas de que la belleza no es eterna?

El último movimiento a favor de esta vendetta de las chicas guapas lo ha protagonizado Addison Rae, la nueva princesa pop que ha hecho prácticamente el 100% del lanzamiento de su álbum sin llevar ni una sola gota de maquillaje encima. Muchos lo relacionan con una nueva «moda emergente» mientras que otros señalamos directamente el cansancio de las mujeres por tener que lucir siempre perfectas.
Y tú, ¿qué crees?
Laura Echeverria Hermoso @lauetxh
Imágenes: Fotogramas oficiales de las firmas.
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