¿Por qué la MODA está obsesionada con vestirnos como TRABAJADORES?
Harry Styles se suma a la tendencia workwear con una chaqueta de trabajo azul, una de las prendas clave de la moda utilitaria. Imagen: @vattsapporo
De la chaqueta de húsar a la sahariana, pasando por la cazadora de trabajo: este otoño la pasarela vuelve a mirar a los uniformes, los oficios y la ropa diseñada para hacer cosas. Sí, la moda utilitaria regresa pero, ¿qué ocurre cuando la funcionalidad deja de ser una necesidad y se convierte en lujo?
Moda utilitaria: cuando la ropa de trabajo llegó a las pasarelas
Hay algo extraño en la ropa que se está imponiendo este otoño. Parece que, después de varias temporadas obsesionados con vestirnos como millonarios, la moda ha decidido que quiere que parezcamos trabajadores. Chaquetas con bolsillos, prendas de inspiración militar, cazadoras de cuero con estructura utilitaria, saharianas, Harrington y siluetas que parecen haber salido directamente de un taller, un cuartel o una expedición.
La tendencia no es exactamente nueva, pero en las colecciones Otoño-Invierno 2026/27aparece con una insistencia difícil de ignorar. Pero más allá de la tendencia, hay algo más interesante detrás de estas prendas: casi ninguna nació dentro de la moda.
La ropa de trabajo tradicional es el origen de muchas de las prendas que hoy inspiran la moda utilitaria. Imagen: @jollyjackco
La ropa que no estaba pensada para gustar
Antes de convertirse en una categoría estética, la ropa de trabajo tenía una función bastante más sencilla: resistir. Durante el siglo XIX, con la industrialización europea, comenzaron a extenderse prendas específicamente pensadas para trabajadores de fábricas, campos y talleres. Eran prendas robustas, sencillas y fáciles de reparar, confeccionadas con materiales resistentes y diseñadas para acompañar el movimiento. La estética venía después de la necesidad.
La famosa chore jacket francesa es uno de los ejemplos más claros. Surgida como prenda de trabajadores, agricultores y ferroviarios, incorporaba una silueta amplia y bolsillos grandes donde realmente se podían guardar herramientas u objetos personales. Su característico azul, el conocido bleu de travail, acabó convirtiéndose en una de las imágenes más reconocibles de la ropa obrera francesa. En otras palabras, un bolsillo no estaba ahí para que una estilista pudiera introducir unas gafas de sol durante un editorial. Estaba ahí porque alguien necesitaba guardar un destornillador.
El bleu de travail, característico de la ropa obrera francesa, se convierte en referente de la estética workwear y la moda utilitaria contemporánea. Imagen: @chagawoon_sweater
Del uniforme al deseo
La moda lleva décadas apropiándose de códigos que originalmente pertenecían a otros mundos. El uniforme militar es probablemente uno de los ejemplos más evidentes. La chaqueta de campaña, la bomber, el abrigo de aviador, los pantalones cargo o las saharianas han pasado progresivamente de formar parte de sistemas de vestimenta institucionales a convertirse en piezas habituales del armario.
La paradoja es especialmente interesante en el caso de la ropa militar. Durante la segunda mitad del siglo XX, la chaqueta de inspiración militar no solo fue utilizada por la moda, también se convirtió en símbolo de oposición a la propia institución que representaba. En los años sesenta y setenta, prendas militares procedentes del surplus fueron adoptadas por movimientos contraculturales y antibélicos. John Lennon y Yoko Ono, por ejemplo, utilizaron prendas militares, mientras que Jane Fonda convirtió las chaquetas utilitarias en parte de su imagen durante sus actividades contra la guerra de Vietnam.
Es decir, que la misma prenda podía significar autoridad en un contexto y resistencia en otro. Es por eso que la moda encuentra tanto interés en ella: los uniformes ya vienen cargados de significado.
Del uniforme militar al streetwear: los códigos utilitarios han sido reinterpretados durante décadas por distintas subculturas. Imagen: @archived.dreams
El momento en que Saint Laurent convirtió la utilidad en lujo
Si hay un nombre imprescindible para entender esta transformación es Yves Saint Laurent. En 1967 presentó una primera versión de su sahariana, pero fue una pieza creada posteriormente para un editorial de Vogue Paris la que terminó convirtiéndola en icono. En 1968, Veruschka apareció fotografiada por Franco Rubartelli con aquella chaqueta de algodón y cinturón, y la imagen pasó rápidamente a formar parte de la historia de la moda. El Musée Yves Saint Laurent de París reconoce precisamente aquella fotografía como el momento que convirtió la prenda en un clásico.
La operación de Saint Laurent es fundamental porque resume perfectamente lo que la moda lleva haciendo desde entonces: coger una prenda asociada a una actividad concreta y cambiar completamente el contexto en el que se utiliza.
La sahariana estaba vinculada a uniformes europeos utilizados en territorios africanos y a la ropa de caza y exploración. Saint Laurent tomó esos códigos, bolsillos, cinturón, algodón, estructura militar, y los trasladó al cuerpo femenino. El resultado ya no tenía que servir para recorrer un territorio africano ni para cargar herramientas. Servía para construir una nueva imagen de la mujer. La utilidad, de repente, era sexy.
Veruschka con la sahariana de Yves Saint Laurent, fotografiada por Franco Rubartelli. Imagen: @mon_vintage
Y ahora volvemos a los bolsillos
Más de medio siglo después, la fórmula sigue funcionando. Para AW26/27, las pasarelas han recuperado varias de estas tipologías. Balmain y Etro llevan la chaqueta militar de inspiración húsar hacia terrenos más ornamentales, con bordados, botones joya y elementos decorativos, mientras que McQueen explora también ese imaginario. En paralelo, firmas como Sacai, Loewe, Hermès o Auralee reinterpretan la chaqueta utilitaria en cuero, Tom Ford recupera la sahariana y Prada y Patou llevan la inspiración laboral hacia la Harrington. Lo interesante es que no existe una única chaqueta utilitaria. Existe toda una genealogía.
La ropa de trabajo inspira nuevas siluetas que mezclan funcionalidad, lujo y códigos del uniforme. Imagen: @financialtimesfashion
Está la militar, con sus hombreras, botones y estructuras rígidas. Está la sahariana, con sus bolsillos y cinturón. Está la chore jacket de trabajador francés. Está la Harrington, relacionada con la ropa laboral y deportiva británica. Está la bomber, nacida en el ámbito militar y posteriormente absorbida por prácticamente todas las subculturas urbanas. Y está la barn jacket, vinculada al trabajo rural y que hoy se ha convertido en una de las piezas más codiciadas del armario contemporáneo. La prensa de moda ya habla incluso de esta última como una pieza esencial de viaje y estilo.
La moda utilitaria lleva los uniformes de trabajo a la pasarela, reinterpretando la funcionalidad desde una perspectiva de lujo. Imagen: @financialtimesfashion
¿Por qué queremos parecer trabajadores?
Aquí aparece la parte más interesante de la tendencia, y la cual es imposible resumir en un artículo.Durante años, la moda ha vendido la fantasía de una vida sin trabajo. El lujo silencioso convirtió los códigos de las clases acomodadas en aspiración: cashmere, abrigos impecables, polos, mocasines, prendas sin logos y una apariencia deliberadamente costosa. La ropa tenía que comunicar que no necesitabas demostrar nada. Ahora aparece el movimiento contrario.
La ropa empieza a parecer usada, resistente, práctica. Queremos bolsillos. Queremos tejidos gruesos. Queremos chaquetas que parecen capaces de sobrevivir a una jornada laboral completa aunque probablemente vayan a combinarse con un bolso de lujo. Esto no significa necesariamente que la moda haya desarrollado una repentina fascinación por el trabajo manual. Más bien parece responder a una necesidad estética de recuperar algo que el lujo había eliminado: la sensación de utilidad.
Jeremy Allen White apuesta por la estética workwear con una chaqueta de trabajo azul, una de las prendas clave de la moda utilitaria. Imagen: @goldenage_workwear
En un momento en el que prácticamente cualquier objeto puede ser sustituido rápidamente, una prenda que parece diseñada para durar adquiere un atractivo especial. El desgaste, las costuras visibles, los bolsillos y los tejidos resistentes funcionan como signos de autenticidad. Es una especie de fantasía de lo real, para que nos entendamos.
El problema: cuando trabajar también se convierte en estética
Pero hay una contradicción evidente. La industria de la moda tiene una capacidad extraordinaria para convertir cualquier símbolo social en producto. Y eso incluye el trabajo. La chaqueta de un obrero puede costar unos euros en una tienda de ropa laboral y, al mismo tiempo, aparecer reinterpretada en piel por una casa de lujo. La misma estructura que nació para proteger a alguien durante una jornada de trabajo puede convertirse en una pieza de pasarela con un precio de miles de euros. No es algo nuevo. La historia de la moda está llena de estas transformaciones.
Chanel por ejemplo hizo del confort y de determinadas prendas asociadas a una vida más práctica una nueva idea de elegancia. Su chaqueta, por ejemplo, buscaba liberar el cuerpo femenino de las siluetas rígidas y convertirse en una prenda cómoda y funcional. Décadas después, ese mismo diseño es uno de los mayores símbolos de lujo de la casa.
La ropa desgastada y de apariencia usada se convierte en objeto de deseo gracias al auge del workwear y la moda utilitaria. Imagen: @hidden.ny
Y quizá por eso el regreso de estas prendas tenga menos que ver con el trabajo en sí que con nuestra relación actual con él. En una época en la que gran parte de nuestra vida ocurre delante de una pantalla, la ropa que parece venir de un taller, una fábrica o un campo transmite algo que hoy resulta especialmente atractivo: la sensación de que sirve para algo.
No es casualidad que junto al workwear hayan ganado espacio otras estéticas relacionadas con lo manual: el craft, la ropa reparada, los tejidos ásperos, las prendas envejecidas o el gusto por piezas que parecen hechas para durar. Hay una búsqueda bastante evidente de cosas que parezcan tener un uso anterior a Instagram. De objetos que no necesiten ser perfectos para resultar interesantes.
Es ahí donde la moda siempre ha utilizado esa sensación de realidad para construir deseo. El problema es que ahora incluso lo imperfecto puede convertirse en una estética perfectamente calculada. Una chaqueta puede parecer gastada sin haber trabajado nunca. Un pantalón puede tener manchas de pintura sin haber estado cerca de un taller. Una prenda puede parecer heredada, reparada o encontrada cuando acaba de salir de una tienda. En resumen, no queremos necesariamente vestir como trabajadores. Queremos la estética del trabajo sin tener que vivir sus condiciones.
La estética militar y los pantalones cargo llevan décadas formando parte del imaginario de la moda urbana. Imagen: @alchimistfr
Este otoño, menos fantasía y más función
Dicho esto, la moda utilitaria de 2026 no consiste simplemente en ponerse una chaqueta militar y salir a la calle. Lo interesante está en cómo los diseñadores están deformando esos códigos. Balmain lleva la inspiración militar hacia siluetas más ajustadas y decorativas. Loewe y Sacai convierten la funcionalidad en cuero. Tom Ford recupera la sahariana desde una perspectiva de sastrería o Prada, que transforma la Harrington en una pieza de lujo.
Es decir: seguimos queriendo parecer trabajadores, pero trabajadores vestidos por una casa de moda. Una contradicción que precisamente es lo que hace que estas prendas funcionen tan bien. Porque la historia de la moda no avanza de las pasarelas a la calle. En su gran mayoría,sucede al revés. Primero está la ropa que alguien necesita para vivir, trabajar, protegerse o moverse. Después llega una subcultura que la adopta. Más tarde una celebridad. Finalmente, una pasarela.
La estética militar lleva la moda utilitaria al extremo con bolsillos, correas y detalles funcionales inspirados en los uniformes. Imagen: @polosa.brand
Y cuando termina el proceso, aquello que nació para hacer un trabajo concreto puede acabar colgado en una boutique. La chaqueta utilitaria es solo el último capítulo de una historia mucho más larga: la de una industria que lleva décadas mirando la ropa que existe fuera de la moda para convertirla, una y otra vez, en moda. En resumen, las chaquetas seguirán llegando a las tiendas, las pasarelas seguirán reinterpretándolas y nosotros seguiremos incorporándolas al armario. Es el ciclo sin fin.