La ciudad que nunca duerme es una comunidad viva y vibrante, mutante, un lugar que consigue hacernos soñar y vivir experiencias que solo aquí se dan, porque la energía que se genera al ser uno de los epicentros demográficos del mundo, es electrizante.

Así que, después de saber a qué tipo de Nueva York queremos acercarnos, decidimos el hotel como nuestra base de operaciones y, en este caso, escogemos el joven (aunque ya mítico) Baccarat, un hotel que abrió hace cuatro años bajo la mano milagrosa de Philip Stark, un genio que consigue, como el rey Midas, convertir en icono cualquier establecimiento que toca. La ubicación nos resulta perfecta para las visitas que queremos y es que está enclavado en la 53 con la 5ª Avenida, casi enfrente de la célebre Trump Tower, hecho que nos facilita todavía más los movimientos por la parte media y alta de Manhattan.

También tenemos Central Park a cuatro calles, un lugar de esparcimiento que concentra tanto verde como alegría, y es que siempre está bullendo con acontecimientos de todo tipo: desde conciertos al aire libre, hasta arte callejero, junto a la algarabía de corredores y ciclistas o skaters que hacen las delicias de cualquiera que se siente en un banco a ver la vida pasar (con un ritmo vertiginoso, eso sí).

Después de aterrizar a la hora prevista (por eso escogemos nuestra Iberia), nos acercamos a dejarnos seducir por este bloque de cristal tallado que conforma la curiosa mampostería de este edificio singular. Anclado frente al MoMA, la perspectiva desde el exterior es un reflejo iridiscente que nos deslumbra por su armonía y hace de esta mole, un espacio ligero, casi levitante, que soporta 12 plantas de habitaciones que rebosan lujo con el cristal de roca, emblema de la marca como seña de identidad e hilo conductor de todo su argumentario decorativo.

Ya en el lobby que da a la calle, nos encontramos con un candelabro gigante de un cristal finísimo que nos trae reminiscencias de la Francia de Luis XIV y su Versalles, tan cercano al ideario del diseñador y a la firma de cristalería que mandó la construcción del inmueble. Cuando subimos a recepción, las maderas nobles y los tonos oscuros remarcan la belleza de la transparencia y los reflejos que produce el cristal en prismas cuando es atravesado por los rayos de luz. Decidimos comer en su restaurante (que luce dos estrellas Michelín) y lo hacemos en un espacio alumbrado por candelabros gigantes, sillones y sofás que no facilitan una comida a la manera tradicional de mesas y sillas, sino que convierte ese marco lujoso, en un espacio relajado que suaviza la emoción de sus elementos de valor como toda la cristalería y vajilla en la que son servidas delicias tras delicias.

Nada más poner el pie dentro, la habitación nos encandila gracias a sus detalles decorativos, pensados con inteligencia, buen gusto e irreverencia. Nos atrevemos a decir que son adjetivos que definen todo el trabajo de Stark.

Después de esta bienvenida, decidimos acercarnos al MET- Metropolitan Museum para pasar el día entero entre sus colecciones egipcias, griegas o romanas que te sumergen en la historia entera de la humanidad y acabamos viendo la magnífica exposición de los trajes que lucieron las celebrities en la pasada gala, ese acontecimiento que concentra a todo el who's who para dar rienda suelta a la imaginación de los mejores diseñadores.

Este año, como bien sabéis, giraba en torno al concepto CAMP, con toda una filosofía detrás escudriñando su etimología y explicando cómo el concepto nace y evoluciona lingüística y socialmente a lo largo de los siglos. Muy recomendable su terraza que se asoma a Central Park con descaro y ofrece al visitante, uno de los momentos más relajantes para la vista con el verde como motivo principal del parque más conocido del mundo.

Nos acercamos al National Design Museum, porque siempre tiene exposiciones que captan nuestro interés. En el Upper East Side, disfrutamos de una tarde de compras donde cabe destacar la tienda de Ralph Lauren en un edificio emblemático que supone la única de sus sedes que alberga sus colecciones estrella: la Purple y la RLX. No dejamos de visitar la tienda Nike, justo a dos calles del hotel y es que, aunque no es reciente, la van renovando constantemente de forma imaginativa, convirtiéndola en una de esas tiendas espectáculo que siembran la Gran Manzana y que no dejan indiferente a nadie.

No muy lejos de nuestro epicentro, ha nacido el nuevo barrio: Hudson Yards, donde los edificios de cristal compiten en altura y singularidad. Firmados por los arquitectos más renombrados del planeta, constituyen un nuevo centro para la ciudad que se empieza a conformar como Tokio en una aglomeración de "centros", cada uno con su personalidad. Ocupando el lugar preferencial de esta ceremonia arquitectónica tenemos el Vessel, de Thomas Heaterwick, en torno al cual danzan estas moles verticales aliviadas por ese nuevo camino en altura que es la Highline, esa antigua línea de trenes que acompaña al Hudson hasta su desembocadura en el Whitney Museum y que aparece jalonada por edificios de nuevo acuño firmados por arquitectos como Zaha Hadid o Frank Ghery. Ella nos invita a dar un paseo delicioso por su imaginativo trazado, perfectamente vestido de un mobiliario urbano tan útil como original y hermoso.

En el Whitney Museum, obra de Renzo Piano, nos regodeamos con su construcción rotunda, ligera y bella y después, nos damos un paseo por las calles recuperadas del Meat Packing District antes de volver al punto de partida para cenar en el Spanish Market, un espacio creado por el inteligente Juli Capella, uno de nuestros arquitectos de mayor sensibilidad y proyección y donde José Andrés, nuestro chef embajador en América, nos deleita con productos españoles de primerísima calidad. Aparte de disfrutar de nuestro acervo culinario, también nos deleitamos con la comida coreana tradicional, reformulada en un espacio limpio y bien concebido que es el restaurante Hwaban.

Otro día, decidimos acercarnos a descubrir las propuestas del portugués Méndes, chef con estrella michelín. Salimos sorprendidos por el buen hacer de este joven cocinero sobrado de talento y que presenta y representa el producto de su tierra como pocos. Altamente recomendable.

Otro restaurante sorprendente es el Sushi by Bou en la 32 E y 32nd Street que, con una puesta en escena muy imaginativa, reúne a cuatro comensales únicamente en una barra detrás de la cual un sushi man del Tibet, va preparando los suculentos manjares que te transportarán a Japón directamente. Muy apreciado el maridaje con los distintos sakes que proponen.

Ya cerrando nuestro viaje por esta parte de la ciudad, nos acercamos a ver el nuevo edificio de OMA en la 121 East con la 22nd Street y, ya que nos pilla cerca, hacemos una visita a Hermán Miller para disfrutar del mejor diseño de la era moderna apadrinado por la editora. Por cierto, no os perdáis su tienda de telas en la quinta planta del mismo edificio. Allí encontraréis los mejores terciopelos, la colección de kvadrat o los universales patterns del matrimonio Eames.

Para desconectar de tanto ajetreo, nos adentramos en el spa del hotel cuya piscina, daybeds y toda la decoración, nos quitan el cansancio que pudiéramos haber acumulado gracias a ese cálido baño de belleza absoluta.

Disfrutad de esta parte de Manhattan que es el Mid y Upper town. Eso sí, un último consejo: aparte de nuestras recomendaciones, explorar y descubrir por vuestra cuenta los tesoros que esconde esta ciudad.

 

Carlos Sánchez

Imágenes: Propias y cortesía de los establecimientos

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