En una industria obsesionada con la velocidad, la validación inmediata y la novedad constante, Simon Porte Jacquemus vuelve a detener el tiempo. O, al menos, a doblarlo sobre sí mismo. Su colección Otoño-Invierno 2026, titulada «Le Palmier», no es solo un desfile: es una escena cuidadosamente construida, una memoria reinterpretada y una invitación, literal y simbólica, a entrar en su universo más íntimo. Un territorio donde la moda deja de responder únicamente a las tendencias y se articula, ante todo, desde la emoción.
Presentada en el Museo Picasso de París, espacio ya profundamente ligado a la identidad de la firma, la colección transforma el edificio en una mansión imaginaria, escenario de una fiesta sofisticada y ligeramente excesiva. Una celebración que remite al París de los años ochenta, a sus códigos sociales, a su teatralidad y a ese tipo de elegancia que rozaba lo performativo. El propio título hace referencia a aquel peinado icónico, una coleta elevada en forma de palmera, que funcionaba casi como contraseña para acceder a los círculos más codiciados de la época.

Jacquemus presenta su nueva colección «Le Palmier»
Una invitación que marca el tono
Nada en este desfile es casual. La invitación incluía un peine de púas anchas y unas instrucciones precisas para lograr el palmier perfecto. Ese detalle aparentemente lúdico resume bien la intención de la colección: convertir la moda en experiencia, en ritual compartido. Antes incluso de que comenzara el desfile, el espectador ya había sido introducido en la narrativa.
«Le Palmier» nace de un diálogo entre lo personal y lo colectivo. Una conversación que el propio Simon Porte Jacquemus mantiene con sí mismo, en donde mira hacia sus primeros años en París, a las referencias que moldearon su mirada cuando aún se estaba formando como creador, pero también hacia su presente más íntimo.
Además, la actitud de la temporada se inspira en un gesto doméstico y profundamente tierno: la coleta en forma de palmera que lleva su hija. Ese cruce generacional dota a la colección de una ligereza emocional que se traduce en siluetas juguetonas, colores audaces y un humor constante.

El pasado como materia creativa, no como homenaje
Formalmente, la colección construye un puente entre décadas. Las siluetas escultóricas evocan la precisión de la alta costura de los años cincuenta; la sensualidad aparece filtrada por la naturalidad de los noventa; y el espíritu ochentero se manifiesta a través del exceso controlado, el color y una cierta ironía visual. Hombros redondeados, cinturas tulipán, faldas que se ajustan al cuerpo antes de estallar en volúmenes inesperados, y abrigos de mangas amplias componen figuras que no buscan necesariamente agradar, sino provocar.

Jacquemus juega deliberadamente con el límite entre la elegancia y el disfraz. Algunas prendas rozan la exageración, mientras otras desafían la noción tradicional de lo favorecedor. Sin embargo, esa tensión forma parte del discurso, ya que «Le Palmier» no pretende ser complaciente, sino honesto. Hay una voluntad clara de recuperar el placer de vestirse sin solemnidad y de reivindicar la moda como espacio de expresión.
Por lo tanto, los códigos históricos de la Maison reaparecen reinterpretados con ingenio. Las rayas y los lunares se transforman en cintas curvas de grosgrain y motivos confeti; las formas geométricas adquieren un papel estructural; y símbolos recurrentes se integran de manera casi arquitectónica. Y en la propuesta femenina destacan los trajes de tafetán y los vestidos de jersey de seda con bordados de plumas, mientras que la artesanía especializada subraya el valor del detalle.

El menswear, una certeza dentro del juego
La colección masculina se muestra más sólida y contenida. Lejos de funcionar como un apéndice de la línea femenina, la propuesta confirma una identidad propia, donde la sastrería clásica se reinterpreta desde el color, la proporción y el gesto lúdico. Abrigos de cuero patchwork, trajes en tonos saturados y esmóquines reinventados confirman que el menswear se ha convertido en un eje fundamental para la marca.
Jacquemus explora el vestuario formal masculino con ironía, pero sin perder rigor técnico. Los códigos del traje de noche se fragmentan y se reconstruyen: solapas exageradas, proporciones alteradas y materiales inesperados convierten piezas reconocibles en propuestas contemporáneas. El resultado está pensado para un hombre que entiende el vestir como una extensión de su personalidad y no como un uniforme. Y no es casual que el propio diseñador haya señalado que el prêt-à-porter masculino iguala ya en volumen al femenino, consolidándose como uno de los motores creativos y estratégicos de la Maison.


Cuando la familia se convierte en manifiesto
Sin embargo, el momento más significativo del desfile no ocurrió sobre la pasarela. Días antes, Jacquemus anunció a su primera embajadora de marca: su abuela, Liline Jacquemus. Un gesto inédito que rompe con los códigos tradicionales de la industria del lujo.

En un sistema que glorifica la juventud y la aspiración distante, colocar a una abuela en el centro es un acto profundamente político y emocional. Liline no representa una fantasía: representa un origen. Su presencia convierte la moda en un relato de gratitud, memoria y pertenencia, ampliando el significado del lujo hacia un territorio más humano.
Este nombramiento dialoga directamente con el espíritu de «Le Palmier», una colección atravesada por la idea de transmisión generacional. La abuela, la hija y el propio diseñador aparecen simbólicamente conectados en un mismo relato, recordándonos que la identidad creativa surge de un tejido de afectos, recuerdos y referencias compartidas. Al integrar esta dimensión personal en el corazón de la marca, Jacquemus amplía el significado del lujo y lo desplaza hacia un territorio más emocional, donde el valor reside tanto en la historia como en el objeto.
El valor de no tomarse demasiado en serio
No es la primera vez que el diseñador recurre a su pasado como fuente creativa. «Le Paysan», inspirado en su infancia en el sur de Francia, ya era una carta de amor a sus raíces rurales y a la poesía de lo cotidiano. «Le Palmier» continúa ese viaje, pero lo traslada a otro escenario: el de la ciudad, la fiesta y el artificio. Es el mismo niño, ahora jugando con otros códigos.


Por lo tanto, y en un momento clave de expansión internacional, Jacquemus deja claro que su fuerza no reside sólo en las prendas, sino en el universo emocional que construye. Más que diseñar ropa, diseña estados de ánimo. Y en una industria que a menudo se toma demasiado en serio, ese gesto, volver a jugar, puede ser el más audaz de todos.
Eneko Méndez @enekomndez
Imágenes: cortesía de la marca