Hablamos con Juan Diego Botto de su experiencia en “Un trozo invisible de este mundo”, nominada a seis premios Max y actualmente en cartelera en las Naves del Español de Matadero. Se puede decir que Juan Diego Botto nació ante una cámara de cine. La carrera de este argentino de nacimiento, y español de adopción, comenzó temprano, con siete años, y luego llegaron papeles inolvidables como “Martín (Hache)” o “Plenilunio”, y una serie de películas, casi una por año. Pero su último amante ha sido el escenario, sobre el que lleva casi dos años recorriendo España con su obra “Un trozo invisible de este mundo”. No ha sido en vano. Además de disfrutar escribir la pieza (sobre la inmigración y el exilio, sobre sus experiencias y las de una inmigrante africana que murió en un centro de detención) y protagonizarla, Botto ha sido reconocido con dos nominaciones a los premios Max (como actor y como autor revelación) y la pieza, dirigida por Sergi Peris-Mencheta, tiene otras cuatro, lo que la convierte en la obra de teatro más postulada este año. Es por ello que “Un trozo invisible de este mundo” se reestrena en Madrid, el 8 de mayo, en las Naves del Español de Matadero Madrid. Botto confiesa que ahora entrará en ese terreno en que está tan cómodo, el cinematográfico. Acaba de terminar el rodaje de “La ignorancia de la sangre”, de Manuel Gómez Pereira, junto a Paz Vega; en junio rodará en Puerto Rico y Colombia y luego en Madrid y Valencia. Pero su relación con el teatro no se detiene, el actor y dramaturgo continua como programador de la Sala Mirador, de Madrid. La escena la deja de momento. “Ya volveré”, suelta, con tono seguro. JuanDiegoBotto-Vanidad “Un trozo invisible de este mundo” tiene seis candidaturas a los Max. ¿Cómo se siente contar con ese reconocimiento? Se siente muy bien. Creo que es un logro que esto pase con una obra de estas características. Cuando empezamos pensamos que estaríamos en escena sólo unas semanas y ya llevamos un año y medio de gira. El premio ya está entregado. Estás postulado como autor revelación. ¿Pone esto presión en tus próximas piezas, el reconocimiento de tus pares afecta tu proceso de escritura? La verdad es que no. Lo único que cambia es que de repente piensas que esas marcianadas que se te ocurren pueden tener interés para otros. Te genera más confianza. Regresas al cine tras mucho tiempo dedicado casi exclusivamente al teatro. ¿Es extraño dejar la audiencia en vivo y el escenario? La verdad tengo más costumbre de hacer cine. En los últimos dos años he estado en teatro y llevo la programación de una sala pequeña, pero siento más familiaridad con el cine, es un lenguaje al que estoy acostumbrado. Lo que sí ha cambiado es que, después de estar acostumbrado a las tablas, cuando ruedas una película te da la sensación de que te falta algo, de que algo se queda fuera. En una obra te da tiempo de vivir todo lo que siente el personaje, pero en el cine, además de rodar en desorden, las secuencias son cortas, un minuto o dos, te falta tiempo para entender al personaje. Sin embargo, con Gómez Pereira tuve la suerte de trabajar con un director sensible hacia los actores, eso convirtió la experiencia en un placer. ¿Qué te atrajo de “La ignorancia de la sangre” para seleccionarla tras tanto tiempo lejos del cine? Es una historia de género y basada en una novela de Richard Wilson. No he hecho mucho de género, y el mío es un personaje poco habitual en los policiales, muy interesante, y trabajar con Pereira era algo que quería hacer desde hace tiempo. Hace muchos años encontramos un proyecto que quisimos hacer juntos y no salió; una década después nos encontramos de nuevo. Estás programando en la Sala Mirador. ¿Qué implica? ¿Es el teatro tu única lectura actual? (Se ríe). ¡Nunca había leído tanto teatro! He leído de todo: uno bueno, otro buenísimo y otro pésimo. También veo muchos montajes, pero no puedo ver todo, así que cuento con gente que también ve mucho. Tengo una red de gente en que confío. Nunca pensé que sería tan duro. Es mucho más arduo de lo que pensé, y más gratificante. ¿Bajo qué criterios se programa una sala como Mirador? Un programador debe tener una cierta personalidad o estilo, ¿no? El criterio de programación en general incluye un teatro pegado al terreno, social, que hable de lo que está pasando. En una época de crisis como esta el teatro es un mecanismo y espacio para ayudar a comprender y enfrentar lo que sucede. Pero claro, uno siempre busca una obra buena. El teatro social es un ámbito amplio y no garantiza un espacio en el teatro, buscamos obras buenas que emocionen, entretengan y conmuevan al espectador. ¿Has vuelto a sentarte a escribir? He escrito otra pieza, acabo de terminar la primera versión. Sucede todo en 24 horas, los personajes son seis personas que se cruzan ese día. Ahora estoy descansándola y en 15 días la releeré. Es un historia que tiene que ver con cosas que pasan a nuestro alrededor y que me indignan mucho. ¿Tienes intención de escribir en otros medios? Novela seguro que no, cuentos se verá. Tal vez guión de cine. ¿Tienes alguna idea que te haya perseguido para convertirse en película? Es muy común. Tenía una idea que me persiguió durante muchos años, escribí un guión y era tan horrible que lo abandoné en un cajón. Así que ya ves, mi primer acercamiento a escribir cine está guardado bajo siete llaves. Por Nerea Dolara Fotografía de Pablo Curto