La recuerdo como una relación fácil y placentera: quiero f#ll&% = te escribo. Si algún día no me apetecía le decía NO y punto y emoticono beso-corazón. Y si a él no le apetecía… eso nunca pasaba. Él siempre contestaba SÍ y punto y emoticono carita-dientes. Utilizábamos el whatsapp como mi tío la Interview –para ponernos cachondos–. Y mientras él se cruzaba la ciudad para llegar a mi habitación, a cualquier hora, dejando de hacer cualquier cosa, nos enviábamos mensajes-guindilla: “Vente para mi casa YA o empiezo sin ti” + foto. “Esto es lo único que vas a oír esta noche” + audio. Qué rápido venía. Un día se levantó durante una comida familiar y dijo que había quedado para tomar el postre conmigo. Su abuela aún no lo entiende. Su madre le dejó de hablar. Nuestra relación se llevó lo mejor de whatsapp. No tenía que mirar si estaba en línea, cuál había sido su última conexión, ni si el mensaje tenía un check o dos o todas estas mi#&d+s en vinagre que acaban con la integridad de las mujeres y nos vuelve locas. Era ideal. De cuento con príncipe fornicador.
¡Muerte a Marc! ¡Muerte a Marc!
Pero de repente, algo cambió. No contestaba. Tardó un día en decir que estaba ocupado. Después, la excusa “es muy tarde”. Finalmente, la comida familiar. Le recordé aquello del postre (mensaje-guindilla). No dijo más. La cosa se enfrió nivel Polo Sur. Y al cabo de un mes me lo encontré por la calle. Con su ex. Me saludó. Nos despedimos -yo para siempre-. Va, a otra cosa mariposa. Aunque no le hubiera costado nada una explicación. Un simple emoticono pareja enamorada. Pero esa misma tarde -¡sorpresa!- recibí un mensaje. “No puedo dejar de pensar en ti. Estoy solo este finde (y el resto era guindilla)”. ¿Perdona? Así que como comprenderéis, no me quedó otra que matarlo. Caroline Selmes & Laura Torné (Mujeres Despechadas)