Paolo Sorrentino vuelve a los cines con «Parthenope», una historia de amor, belleza y divinidad en Nápoles.
Fotograma de «Parthenope», de Paolo Sorrentino (2024)
Fotograma de «Parthenope», de Paolo Sorrentino (2024)
Paolo Sorrentino vuelve a los cines con «Parthenope», una historia de amor, belleza y divinidad en Nápoles.
Creo que voy a poder aprender italiano solo de las veces que voy a revisitar esta película.
Paolo Sorrentino, director de «La Gran Belleza», «Fue la Mano de Dios» y la serie televisiva «The Young Pope», vuelve a la gran pantalla para desentrañar su ciudad de origen, la divinidad y la representación de la mujer que le dio nombre en un primer lugar: Parthenope.
Esta es una película enigmática. Al igual que la protagonista que le da nombre al título, es misteriosa, seductora y siempre tiene la respuesta perfecta para todo (Dios Santo el diálogo, bellissimo). En la superficie trata la historia de una mujer: Parthenope y de su vida creciendo en la ciudad italiana de Nápoles. También de su familia y de cómo pasan de tenerlo todo a destruirse a sí mismos a consecuencia de la preciosa protagonista.
En sí, la película está estructurada como si fuera un biopic, dado que muy literalmente el conflicto es toda la vida de la protagonista. Un género que normalmente está reservado para hablar de las vidas de las personas más importantes de nuestro tiempo, pero que Sorrentino, de forma brillante, escoge para hablar de una mujer desconocida: una mujer «normal» aunque sea únicamente para ella.
Utilizando este formato, el espectador, subconscientemente, empieza a ver a la protagonista como si efectivamente hubiera sido una persona viva que hubiera fascinado al mundo, al igual que seduce a cada personaje con la que se encuentra a lo largo del metraje de la película, donde casi cada plano podría ser un cuadro colgado de una iglesia y cada pieza musical los cantos de los coros desde sus palcos.

En una primera visita, podría parecer que Sorrentino ha hecho todo esto, construido todo este imaginario y simbología, para hablar, holísticamente, del sentido y verdadero significado de la belleza y su lugar en el mundo (hasta los animales parecen caer de sus árboles al pasar por encima de Parthenope, la diva napolitana). Pero incluso intentando analizar la película bajo esta premisa, te das cuenta de que no puede reducirse a eso. Casi parece que Sorrentino está haciendo un argumento sobre la divinidad, con la figura de la mujer, de Parthenope, en el centro del mismo para llevarlo a cabo. Nadie está exento de sus encantos, por mucho que ella misma intente repelerlos, y quien intenta evitarlos, desaparece o muere, añadiendo a la trágica realización del filme.
Esto es lo que hace trascender a la magia de Sorrentino y lo que la saca de cualquier banalidad con la que un director menor atacaría su tesis. Pues cuando la belleza llega hasta las entrañas de su receptor, cuando es tan visceral que se mata por ella, ya no puede ser belleza de lo que se está hablando, sino de nuestra propia percepción de lo divino.

La iconografía del Dios católico está por todas partes en esta historia. Al principio parece algo contextual (los personajes viven en Italia en los 70 por lo que tiene sentido rodearles de arte cristiano). Pero cuanto más te adentras en la historia de los personajes de «Parthenope», más te das cuenta de que esto no es, para nada, una casualidad ni meramente un producto del tiempo en el que viven.
La película usa a Dios como un biopic de un corredor de autos que podría usar a un contrincante, el rival de su protagonista. Dios es la manera en la que la película eleva a una figura épica y religiosa solo para derribarla, dándonos a entender que siempre fue ella desde el principio.
El largometraje podría perfectamente estar hablándote de una figura mitológica. De la verdadera Parthenope de la Odisea que intentó hacer naufragar el barco de Ulises, con la excepción de que, si verdaderamente este personaje hubiera sido esa sirena, los marinos no hubieran podido evitar su canto y el barco se hubiera hundido. De hecho, si intentas ver esta obra como algo aparte de eso, si entras al cine pensando que por fin vas a ver «la perspectiva femenina de Sorrentino», te vas a llevar una decepción rotunda. No es la historia de una mujer, sino de casi una metáfora, un subrogado de Dios.
No es una trama lineal, no hay un conflicto específico en el medio de la obra al que atacar, ni desde luego un antagonista. Son más bien varias tramas definidas, contextos en los que debatir el problema de la belleza en el ser humano, intercomunicándose entre sí para generar un debate. El filme te da varias pistas para entender el metraje de esta forma. La propia protagonista se da cuenta de esto y no acaba volviéndose ningún tipo de diva, sino una antropóloga. Una mujer brillante que rechaza la manera en la que el mundo la ve con la intención de entenderlo, y a sí misma en consecuencia.

Parte de mí se encuentra también en ese mismo conflicto al intentar entender los argumentos planteados. ¿Es un mundo donde todo lo divino muere y todo lo precioso solo sobrevive convirtiéndose en feo? Pienso en dos figuras claves en el metraje, la del cura y la del hijo deforme (posibles leves spoilers aquí).
En un momento clave, Parthenope es encargada con escribir un artículo sobre «El milagro de San Genaro», una ampolla de sangre seca que perteneció al santo y que, según dicen, milagrosamente se licua tres veces al año. Al llegar Parthenope, se encuentra con el cura encargado de «acompañar» a la sangre mientras ocurre el milagro y vemos la visión sobre la evolución de lo bello. Un cura corrupto en una iglesia sin santidad, que se aprovecha de las mujeres que van a visitarlo con intención de seducirlas y llevarlas a la cama. Que utiliza la sangre de Genaro como manera de agrandar su fama y que, según parece pensar, solo sirve para elevarlo como el gran hombre que es. La belleza de lo aparentemente divino utilizada para ganar el favor de su comunidad, en vez de para servirla. Un hombre que no se inclina ante nadie, ni siquiera ante su propio Dios, pero que ante ella se arrodilla. Parthenope, en ese momento, entiende la verdadera tragedia de su condición: acabar corrupta, destituida o mucho peor, santificada. ¿Es eso lo que intenta decirnos Sorrentino? ¿La verdadera belleza solo puede causar dolor?

El perfecto contrapunto de Parthenope es la figura del hijo deforme. El mentor de Parthenope: un profesor de antropología con el que se discuten varios de los temas de la película tiene un hijo que esconde del mundo.
Durante muchas de las interacciones que tienen Parthenope y él en la casa del profesor, lo único que realmente oímos del hijo son sus risas. Y solo es hacia el final cuando descubrimos su verdadera cara. Un hijo deforme, con problemas mentales y terriblemente obeso. Tan deforme que solo podría girar su cuerpo con ayuda de un montacargas pero que, a diferencia de la brillante y preciosa Parthenope, él es increíblemente feliz. Cuando ella finalmente le conoce, el debate de la belleza, por fin, llega a una conclusión: lo bello se manipula, se vilifica y se somete ante la voluntad del hombre. Pero aquí llegamos ante este ser que parece el epítome de lo feo y es el personaje más feliz del filme, el ser con más bondad internalizada, el incorruptible.
No estoy diciendo, por supuesto, que el autor esté intentando decirnos algo tan banal como: bonito mal, feo bien. Para nada. Como cualquier verdadera obra de arte, la conclusión es la que te llevas tú al verla y estoy seguro de que podrías llevarte cientos de interpretaciones diferentes.
Si intentas ver esta película como una historia tradicional vas a tener muchos problemas con ella pero si, en vez de eso, te dejas ir, coges la mano que el director te está ofreciendo y te dejas acompañar a lo largo de un viaje antropológico sobre la mujer, la divinidad y la belleza, será una experiencia inolvidable. Gracias Sorrentino.
Un perfecto 5/5.
Adrián Sánchez
Imágenes: Fotogramas oficiales de la película
Te puede interesar