Desde Vanidad repasamos la tremenda historia de redención de Robert Pattinson con motivo del éxito de su recién estrenado proyecto: «Mickey 17».
Robert Pattinson en «Good Time» (2017). Imagen: Fotograma oficial de la película.
Robert Pattinson en «Good Time» (2017). Imagen: Fotograma oficial de la película.
Desde Vanidad repasamos la tremenda historia de redención de Robert Pattinson con motivo del éxito de su recién estrenado proyecto: «Mickey 17».
Saliendo —encantado, por cierto— de ver a Robert Pattinson en «Mickey 17» (2025), por el grandísimo Bong Joon-ho, me tuve que dar cuenta de lo mucho que había cambiado su carrera en los últimos años. «Probablemente, la mayor historia de redención en Hollywood en las últimas décadas», me había dicho un amigo al salir del cine, y tenía razón.
Si hace únicamente una década me llegas a decir que uno de los actores más asqueados de la escena hollywoodiense iba a compartir título de entrada con el director de «Memories of Murder» (2003), probablemente te habría llamado loco, o por lo menos loco a mí por escucharte. Un actor que en la década de las boybands y el pelo hacia un lado de Justin Bieber se había considerado simplemente uno más entre ellos, ahora me obligaba a llamar a todos mis amigos cinéfilos para organizar una disculpa colectiva por el hecho. Evidentemente, todos nos habíamos equivocado.

Robert Pattinson empezó su carrera en películas independientes británicas, hasta saltar a su primer éxito comercial interpretando a Cedric Diggory en «Harry Potter and the Goblet of Fire»: un papel carismático para un carismático actor incipiente en los rangos de Hollywood y el cine británico. Pero el papel que le puso realmente en el mapa —y el papel del que intentaría huir la mitad de su vida profesional— no llegaría hasta tres años después, cuando interpretaría al infame vampiro adolescente protagonista de «Twilight» o «Crepúsculo» (2008).
Así empezaron cuatro años de películas que él mismo definiría como su «cárcel de oro», declarando apenas unos años después que «tal éxito puede encerrarte en una prisión dorada para siempre, siendo difícil deshacerse de una imagen y volverse creíble después de tal papel…». Un sentimiento que también exponía en las propias entrevistas de las películas en las que estaba centralmente involucrado: «Hay muchas cosas de la saga «Twilight» que no entiendo. [Hablando de los vampiros] ¿Por qué siguen yendo al instituto?».
Estos comportamientos tan comunes en sus entrevistas generarían enemistad, incluso por parte de los fans que tantísimo le apoyaban… Desde luego, algo, para él, tenía que cambiar.

Y en la siguiente década, cambió. Hubiera sido muy fácil encadenar película comercial con película comercial para mantenerse en el foco de atención indefinidamente, asegurándose un increíble cheque a finales de cada mes que probablemente duraría a día de hoy. Una interminable horda de fans le hubiera seguido dónde quisiera y Pattinson hubiera sido otro joven actor multimillonario más, sin preocupaciones y con el suficiente dinero como para retirarse a los 33, retirando también a sus hijos no nacidos con él y a todos sus familiares.
Pero Pattinson se consideraba —y es— un artista, y a finales del 2012 aún sentía que le quedaba todo por probar, por lo que tomó una decisión casi impensable para cualquiera en su posición: se alejó de cualquier superproducción y empezó a dedicarse casi exclusivamente al cine indie.
Robert Pattinson iba a empezar así una década de re-branding actoral, empezando con el gran David Cronenberg en «Cosmopolis» (2012). Con esta película, Pattinson no solo rompería con su imagen de ídolo juvenil, sino que además trabajaría con uno de los autores más transgresores del cine contemporáneo. Era, prácticamente, un movimiento contrario al que se había dado a conocer en los años anteriores y, a la vez, una declaración universal de que su ambición iba mucho más allá del estrellato prefabricado.
En los años siguientes, Pattinson siguió colaborando con cineastas de culto, alejándose de la seguridad comercial en favor de proyectos desafiantes, como «The Rover» (2014) de David Michôd o «Maps to the Stars» (2014), otra vez con Cronenberg, ahora en un retrato ácido de la maquinaria de Hollywood –como exorcizando sus propios fantasmas de la fama–.

Pero el verdadero punto de inflexión llegó con «Good Time» (2017), de los hermanos Safdie, un thriller febril en el que su interpretación de un delincuente desesperado le convirtió en un actor completamente irreconocible. Ya en esta película había conseguido acabar con «la maldición de Crepúsculo» y cualquiera que le hubiera criticado tenía que darse cuenta de que se había equivocado de manera impresionante. Pero para quienes aún dudaban, «El Faro» (2019) sería la prueba definitiva: compartiendo plató con un actor tan reconocido por la crítica como por la audiencia –el impresionante Willem Dafoe–.

Solo el hecho de aparecer junto a este icono del cine sería suficiente para curar a cualquier pobre cinéfilo que hubiera estado viviendo debajo de una piedra durante los últimos diez años. Pero Robert Pattinson no solo apareció junto a él, sino que se batieron en un duelo actoral que resonaría por las salas de Hollywood hasta llegar a Europa, donde todos tuvimos que reconocer que este hombre era un grande.

Y solo después de ganarse su título en los altares del cine de autor y las trincheras de los festivales independientes, pudo finalmente regresar al gran cine comercial, pero esta vez en sus propios términos, interpretando, no al vampiro, sino al murciélago, en la reinterpretación neo-noir de Matt Reeves con «The Batman» (2022), película que ya tiene a varios fans pensando que este podría ser el Batman que se recuerde del nuevo siglo.
Por mi parte, por haberte dudado alguna vez, lo siento. Esto no es una crítica, pero, sinceramente Robert Pattinson:
10/10
Adrián Sánchez: @adriansanchezliggeri
Imágenes: Fotogramas oficiales de la película.