POGO MADRID: la fiesta que no quiere que vuelvas a 2010, quiere que vuelvas a salir

Pogo, el colectivo madrileño formado por Ade Martín, Diego García, Fede Maniá, Nico Yubero y Willow Flores recupera el espíritu de una noche más libre, divertida y comunitaria sin convertirlo en un «revival». Su receta pasa por música, artistas, precios accesibles y, sobre todo, por dejar el móvil en el bolsillo. Hablamos con ellos:

POGO o la fiesta a la que siempre querrás volver

Hay una escena que probablemente muchos recuerden aunque no sepan exactamente por qué: el flash de una cámara atravesando una pista de baile, una fotografía ligeramente torcida, alguien con el eyeliner corrido, un DJ que todavía no parecía una figura intocable y una noche que podía empezar viendo tocar a una banda y terminar bailando electro hasta las cuatro de la mañana. Antes de que Instagram convirtiera cada fiesta en un escaparate permanente, salir consistía, en gran medida, en salir.

En Londres, noches como Trash o Club NME mezclaban indie, electrónica, pop y directo en espacios donde las fronteras entre una banda, un DJ y el público eran mucho menos rígidas. En Nueva York, The Misshapes convirtió durante los 2000 la pista de baile en un punto de encuentro entre música, moda, arte y cultura joven.

Años después, aquella época ha adquirido un nombre que entonces nadie utilizaba: indie sleaze. El término apareció después, cuando internet empezó a mirar hacia atrás y a convertir en estética algo que, mientras sucedía, simplemente era la forma en la que una generación salía de fiesta. Fotografías con flash, ropa excesiva, electroclash, blogs, MySpace, bandas, DJs, moda y una cierta despreocupación por parecer demasiado correcto.

Ahora esa estética vuelve a aparecer en TikTok, Instagram y en las pistas de baile. Pero Pogo —un colectivo musical, estudio de grabación y club de baile itinerante— quiere hacer algo bastante más complicado que resucitarla:

«No es ni una moda ni un revival. Es simplemente una respuesta a una carencia»

Ahí está probablemente la frase que mejor explica Pogo.

La fiesta que faltaba

Pogo está formado por Ade Martín, Diego García, Fede Maniá, Nico Yubero y Willow Flores. Cinco personas procedentes de diferentes lugares de la escena musical y creativa madrileña que, antes de organizar una fiesta, eran simplemente cinco personas intentando encontrar una. «Los primeros que no teníamos dónde salir éramos nosotros», explican varios de sus integrantes.

Ade Martín, Diego García, Fede Maniá, Nico Yubero y Willow Flores, fundadores de Pogo
Ade Martín, Diego García, Fede Maniá, Nico Yubero y Willow Flores, fundadores de Pogo

La idea no nació de una estrategia para ocupar un hueco en el mercado nocturno. Nació de algo mucho más sencillo: salir y aburrirse. Recuerdan volver de fiesta juntos y tener la sensación de que algo había cambiado. Seguían saliendo, seguían teniendo ganas de bailar, pero la experiencia ya no era la misma. Había conversación, alcohol, gente, música, pero faltaba aquella sensación de que una noche podía convertirse en cualquier cosa. «Dijimos: vamos a ver qué son las cosas que antes sí ocurrían y ahora no y vamos a hacerlas», relatan.

Pogo nace ahí. No tanto de la nostalgia por una década como de la necesidad de recuperar una actitud. Una forma de salir que, para ellos, tenía mucho más que ver con encontrarse con amigos, descubrir artistas y hacer el tonto en una pista de baile que con construir una imagen de uno mismo. Porque quizá la diferencia entre entonces y ahora no está únicamente en la música. Está en quién está mirando.

Imágenes de los fundadores de Pogo
Imágenes de los fundadores de Pogo

Antes de que la noche tuviera una audiencia

Uno de los recuerdos que aparece varias veces durante la conversación es el de las fotografías. Ellos también tenían fotógrafos. También existían las imágenes de las fiestas. También había gente pendiente de cómo iba vestida otra persona. La diferencia es que aquella fotografía no aparecía inmediatamente en una pantalla que llevabas en el bolsillo.

«Te vestías, salías y no estabas pensando en que alguien te podía hacer una foto. Ni sabías si te iban a hacer una»

La fotografía llegaba después. Al día siguiente, quizá. Alguien la subía a Facebook, aparecía en un álbum y tú podías buscarte entre cientos de imágenes. La noche no estaba permanentemente conectada a su propia retransmisión.

Imagen de una de las fiestas de Pogo
Imagen de una de las fiestas de Pogo

La cultura indie sleaze original tuvo precisamente esa condición casi accidental. Fotografías con flash, cámaras compactas y blogs, documentaban una escena que todavía no había aprendido a documentarse a sí misma. Años después, esa misma espontaneidad se ha convertido en uno de los principales atractivos de la estética. Pogo intenta recuperar esa sensación sin fingir que estamos en 2008. No piden que nadie deje el móvil en la entrada. No convierten la fiesta en un espacio de desintoxicación digital. Simplemente han decidido no hacer de las redes el centro de la experiencia.

Al día siguiente hay fotografías. Se publican. Se pueden descargar. Pero, como los propios miembros del colectivo han explicado a Vanidad, no hay una estrategia obsesiva alrededor de ellas:

«Las redes sociales no forman parte de nuestro universo para nada más allá de comunicar las fiestas»

Y eso, en 2026, empieza a parecer casi una declaración política.

Imagen de los asistentes bailando en una de las fiestas de Pogo
Imagen de los asistentes bailando en una de las fiestas de Pogo

Del techno como refugio al baile como encuentro

Hay otra cuestión que explica por qué Pogo no puede reducirse a una fiesta nostálgica: su respuesta también nace de una reacción contra el presente. Para ellos, la electrónica y especialmente el techno fueron durante un tiempo un espacio de descubrimiento. Pero sienten que, cuando ese sonido se estandarizó y se convirtió en la respuesta por defecto a la pregunta de dónde salir, algo cambió. El problema no era el techno. Era lo que podía llegar a ocurrir alrededor de él.

La idea de bailar solo, metido en tu propia burbuja, puede ser liberadora. Pero también puede convertirse en una experiencia solitaria. Pogo quiere recuperar precisamente lo contrario:

«Queríamos recuperar una parte divertida y de hacer el tonto»

Imagen del merchandising de Pogo
Imagen del merchandising de Pogo

Porque frente a una determinada idea de la noche electrónica como experiencia casi solemne, Pogo reivindica el placer de no tomarse demasiado en serio. Bailar mal, reírse, gritar, beber algo, descubrir a alguien pinchando, volver a casa tarde y volver a salir la semana siguiente.

Madrid también es una cuestión política

Pero la historia de Pogo no puede separarse de Madrid. El colectivo habla de una ciudad que, a su juicio, ha ido perdiendo parte de aquella noche espontánea y accesible. Una ciudad en la que salir puede significar comprar una entrada con antelación, pagar 25 euros, sumar las copas y asumir que una noche improvisada es cada vez más difícil.

Antes, recuerdan, podías estar con tus amigos, decidir salir y probar suerte en varios garitos. Ahora la espontaneidad tiene precio. Y también clase. Pogo habla abiertamente de gentrificación, de espacios que sienten que han dejado de pertenecer a quienes viven en Madrid y de una oferta nocturna cada vez más orientada hacia el turismo, los reservados y una determinada idea de exclusividad. «Parecía que nos habían expulsado de nuestros propios espacios», nos dicen. Por eso sus entradas son deliberadamente baratas. No porque sea una estrategia de marketing. Porque quieren que alguien pueda estar cenando con sus amigos y decir: «¿Vamos a Pogo

Imagen de una de las fiestas
Imagen de una de las fiestas de Pogo

Sin haberlo planeado tres semanas antes, sin calcular si puede permitírselo, sin necesitar un reservado, sin tener que demostrar nada en la puerta. En ese sentido, Pogo recupera algo bastante antiguo y bastante punk: la idea de que una fiesta puede pertenecer a la gente que la ocupa.

No es un revival

Aquí aparece la distinción fundamental. Pogo utiliza códigos que reconocemos inmediatamente de los 2000 y los primeros 2010. Electroclash, estética indie sleaze, artistas que dialogan con aquella época, fotografía con flash, una mezcla sin prejuicios de géneros y una cierta actitud de exceso. Pero ellos mismos rechazan la idea de estar haciendo una fiesta remember. No quieren reproducir una época. De hecho, cuando se les pregunta qué cosas de aquellos años no recuperarían, la respuesta aparece rápido: muchas.

Imagen del DJ pinchando en la fiesta
Imagen del DJ pinchando en Pogo

Había más inseguridad. Muchas fiestas no eran verdaderamente inclusivas. Existían jerarquías muy marcadas y una cultura de club que podía resultar excluyente para determinadas personas. Y también había una determinada relación con el DJ que Pogo quiere romper. En muchas pistas actuales y pasadas, el DJ está elevado sobre el público como una especie de sacerdote electrónico. Él arriba. Los demás abajo. Pogo quiere otra cosa. En Siroco, explican, el DJ puede estar rodeado de gente. No hay una zona VIP que convierta a unos asistentes en más importantes que otros:

«No existe una jerarquía de asistentes a la fiesta»

Es posiblemente una de las ideas más interesantes del colectivo. Porque la nostalgia no se aplica a todo. Se selecciona. Se mira hacia atrás y se decide qué merece la pena traer al presente y qué debería quedarse allí.

Una fiesta que quiere que la gente se conozca

Quizá por eso la palabra que más se repite durante la conversación no sea indie, ni sleaze, ni siquiera música. Es comunidad. Pogo quiere que la gente vaya a bailar, evidentemente. Pero también quiere que conozca a alguien. Que un diseñador conozca a un músico, que un fotógrafo encuentre a una cantante, que alguien que acaba de llegar a Madrid descubra a otra persona con las mismas inquietudes, que una conversación a las cuatro de la mañana termine, semanas después, convirtiéndose en un proyecto.

Esto no es una idea abstracta para ellos. Fede y Diego se conocieron en 2012 precisamente en un contexto de ese tipo. Por eso el estudio de Malasaña tiene tanta importancia dentro del proyecto. Pogo Studio no es simplemente un lugar donde grabar. Es otra habitación dentro de la misma casa. Si la fiesta es el espacio abierto, el estudio es el lugar donde las relaciones que empiezan durante la noche pueden convertirse en música.

 

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Por allí han pasado artistas de perfiles muy distintos como Amaia, Amore, Metrika, BB Trickz, María José Llergo, Yerai Cortés, María Escarmiento o Natalia Lacunza y, en algunos casos, el vínculo continúa más allá de una noche de DJ. El artista llega, conoce el estudio, conoce al colectivo, conoce Madrid desde otro lugar. Y quizá vuelva.

Esa lógica también funciona a la inversa. Pogo no solo quiere traer artistas internacionales a Madrid, sino ponerlos en contacto con quienes ya están haciendo cosas aquí. La idea es que un artista extranjero no llegue únicamente a pinchar durante unas horas y marcharse, sino que pueda conocer el estudio, trabajar con otros creadores y volver a encontrar un vínculo con la ciudad. Es por eso que Pogo entiende la programación como una forma de hospitalidad.

El algoritmo se queda fuera

En una época en la que buena parte de la música que escuchamos llega determinada por recomendaciones automáticas, Pogo intenta hacer algo bastante analógico: que el descubrimiento ocurra en persona. No quieren que Instagram te convenza de que tienes que ir. Quieren que vayas y después decidas si quieres volver. «No te vamos a convencer de que tienes que venir porque hemos hecho unos vídeos muy molones».

La frase puede parecer contradictoria viniendo de un colectivo que utiliza redes sociales para comunicarse. Pero precisamente ahí está la diferencia. Las redes anuncian. La fiesta construye. Y, según ellos, la comunidad sucede dentro de la sala, no en los comentarios. Pero ahí también está una de las contradicciones más interesantes del grupo; intentar recuperar una cultura de club nacida antes de las redes utilizando precisamente las redes para convocarla.

 

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Quizá por eso su crecimiento ha sido tan orgánico. Incluso reconocen, entre risas, que son «muy patosos» con las redes. No han intentado convertir cada noche en una campaña viral. Sus publicaciones más compartidas suelen ser las más sencillas: una fotografía, un cartel, un artista que alguien descubre y que provoca un «¿cómo habéis conseguido traer a esta persona?». No necesitan fabricar el acontecimiento. El acontecimiento es la fiesta.

¿Y si Pogo hubiera nacido en 2010?

La pregunta aparece casi inevitablemente. Si Pogo hubiese nacido en 2010, ¿sería diferente? La respuesta del colectivo sorprende por lo poco nostálgica que es: probablemente no demasiado.

Cambiarían las herramientas. Habría carteles en la calle en lugar de Instagram. Quizá las entradas serían algo más baratas. Pero la motivación sería prácticamente la misma: traer artistas que todavía no estaban en Madrid, crear un lugar donde pasaran cosas y reunir a gente que compartiera inquietudes. Eso conecta Pogo con las escenas que hoy recordamos de aquella época.No porque quieran imitarlas, sino porque comparten algo más profundo: la necesidad de crear una alternativa cuando la oferta existente deja de representar a quienes quieren salir.

En Londres, algunas de aquellas noches se convirtieron precisamente en eso: lugares donde la música electrónica podía convivir con bandas, pop, moda y una escena creativa mucho más amplia. Con el tiempo, quienes estaban allí empezaron a hablar de aquellas fiestas como lugares que les enseñaron a escuchar música y, sobre todo, a formar parte de una escena. Pogo parece querer hacer exactamente eso, pero sin copiar el decorado.

Lo que quieren dejar cuando se apague la música

Quizá la mejor forma de entender Pogo sea pensar en lo que quieren que ocurra dentro de diez años. No hablan de convertirse en una marca gigantesca ni de que todo Madrid conozca su nombre. Hablan de algo mucho más concreto: que la gente recuerde haber descubierto algo allí, ya sea un artista, una canción, un amigo, una persona con la que acabó haciendo un proyecto o una manera diferente de entender la noche.

Uno de ellos lo resume imaginando a alguien acercándose años después para decirle: gracias por montar aquella fiesta. Me ayudó a conocer música, a conocer gente, a entender la noche de otra manera. No quieren que dentro de diez años alguien diga que hicieron una buena fiesta, quieren que alguien diga que formaron parte de su vida, que la noche sirvió para algo más que consumirla, que una pista de baile pudo convertirse en una red, que una fiesta pudo hacer una ciudad un poco más fuerte. Quizá esa sea la diferencia entre recuperar una estética y recuperar una cultura. La primera se puede comprar. La segunda hay que vivirla.

 

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Y Pogo, aunque esté lleno de referencias a aquella época de cámaras con flash, electroclash y noches que parecían no terminar nunca, no está intentando llevar a nadie de vuelta a 2010. Está intentando conseguir que volvamos a salir sin saber exactamente qué va a pasar.

Lo que viene después

Y si algo deja claro Pogo es que esto no se queda en una idea sobre cómo debería ser la noche: también hay una temporada por delante. El 17 de septiembre, el colectivo estará detrás del Official Afterparty de Ca7riel y Paco Amoroso, una noche curated by Pogo en Club Malasaña. Al día siguiente, 18 de septiembre, llegará la inauguración de su nueva temporada en Sala El Sol, con Hannah Diamond y Pogo DJs.

La siguiente fecha ya anunciada será el 13 de noviembre, también en Sala El Sol, con Mietze Conte en directo, un Secret Guest y Pogo DJs. Tres noches que, más que mirar hacia atrás, sirven para entender hacia dónde quiere ir Pogo: seguir construyendo una escena alrededor de la música, los artistas y, sobre todo, de la gente que aparece cuando las puertas se abren.

Eneko Méndez @enekomndez

Imágenes: Instagram y cortesía de las marcas

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