Solo nos separan unos días del estreno de Juego de Tronos y el mundo ya contiene la respiración. El Trono de Hierro espera. Una serie capaz de unirlos a todos. Y más aún: de enamorarnos con sus mujeres.

La poliédrica Cersei y el poder maquiavélico, que corrompe absolutamente. La valiente Sansa y la complejidad de hacerse mayor en un mundo que da lecciones que enseñan a hacer lo que debe hacerse. La apabullante energía de Arya y la sed de la venganza de sangre. La heroica Daenerys y su fe inquebrantable en la victoria.  Mujeres de hielo y fuego capaces de abrazar la (a veces) brutal honestidad de la vida, levantar la cabeza y seguir adelante.  Mujeres que no se arrugan, que no buscan explicaciones a los envites del destino, solo cómo seguir adelante. Mujeres que fascinan y asustan, que aman y matan.

Las mujeres de hielo y fuego conocen el esfuerzo, ese que deja ojeras. Pero no saben lo que es rendirse, fruncir el ceño. Saben cuál es la curva de la sonrisa de la ironía y saben también, que no hay que estirarla demasiado porque en el fondo está la marca del sufrimiento.

George R.Martin, que es muy listo, seguro que ha conocido a muchas de ellas. Pero también es cierto que ha leído mucha fantasía épica, y de la buena. Encontró inspiración en maestros del género como Robert Jordan (y su ingente y maravillosa saga La Rueda del Tiempo) o Brandon Sanderson (bendito universo el del Cosmere). Egwene, Aviendha, Elayne y Vin del primero y Jasnah y Shallan del segundo, son auténticas musas encumbradas por una legión mundial de acérrimos seguidores que aplauden la inteligencia, audacia, pertinencia y resiliencia de unas mujeres que supieron entender que se mira de frente, pero se ataca de lado. Que nadie arregla lo que no es suyo, que la vida es la vigilia entre la realidad y el sueño. Hablando de dicotomías: la exposición de Balthus, hasta el 26 de mayo en el Museo Thyssen.

Había también una dama pájaro que era tan de hielo y de fuego que a veces se ahogaba de quemarse a sí misma. Anaïs Nin se dio el gozo de disfrutar la vida a tope en plenos años 30 y 40. Además de su apasionante historia de amor con Henry Miller y su esposa June, tuvo dos maridos (a la vez) y supo entenderse y quererse con ambos. Sedujo a una multitud de amantes y exploró con deseo y firmeza sus pasiones, como el voyerismo. Las mujeres de hielo y fuego bailan como si nadie las estuviese mirando. O todos, que viene a ser lo mismo.

Firme devota del psicoanálisis, volcó su relación con su padre y las pasiones vividas e imaginadas en una prolífica obra protagonizada por sus mágicos Diarios y otras exquisitas criaturas. Quizás entre las más conocidas, Delta de Venus, escrita por el encargo de un insaciable coleccionista y que, publicada de forma póstuma en los años 70, sonrojaría a Christian Grey desde la primera hasta la última página. Erotismo que roza lo prohibido, sensualidad que danza con el tabú. Una obra maestra.

Las mujeres de hielo y fuego quieren a personas de hierro y aire. El hierro, porque es el metal más pesado que puede producir la fusión en el núcleo de estrellas masivas, justo lo que necesitan para apaciguarse, para tocar tierra. El aire, porque ayuda al fuego a ver las cosas en perspectiva, a cimbrearse, a doblarse, pero también a no romperse nunca.

Las mujeres de hielo y fuego no se arrugan por el qué dirán. No dejan que el miedo las tumbe. Tienen temple para calcular el peligro y desplegar la estrategia. En el tiempo adecuado, en su justa medida. Son mujeres de fuego porque arden por dentro. Porque llaman a la pasión desde sus entrañas, porque arrasan con lo que haga falta, con todo lo que deba ser arrasado.

A las mujeres de hielo y de fuego se las conoce despacio y se las ama deprisa. Así que esto va por ellas.

Ana G. Turrión

Imágenes: Cortesía de Casa del Libro e Instagram 

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