Con el fin de la dictadura franquista, España vivía un periodo de apertura y modernización. La democracia llegaba acompañada de la eclosión de la liberad y la celebración de la juventud. Eran los años de la Movida, la fiesta y la cultura sin censura. Sin embargo, no muy lejos de las ciudades donde llegaba el progreso, la realidad era totalmente distinta. Los 80 fueron años de desigualdad social. Con el éxodo rural y crisis como la del petróleo, eran muchas las personas que vivían en la miseria, fruto de un chabolismo vertical que, si bien buscaba dar una imagen renovada del país, se quedó en una fachada que poco mejoró la situación real de múltiples familias.

Ante estas condiciones de pobreza y pocas miras de futuro, la delincuencia juvenil se convirtió en una opción más que viable para lograr la supervivencia. Y si, además, sumamos a todo esto la llegada de drogas como la heroína, nos damos de bruces con una juventud que, más que el cambio, lo que buscaba a toda costa era la evasión de sus circunstancias. Estos jóvenes que hicieron de la delincuencia su vía de escape y su modo de vida, han pasado a la historia bajo el nombre de ‘quinquis’.

Fotograma de 'Navajeros', El Jaro

 

El miedo a los tirones, los atracos o los pinchazos, convivían con las persecuciones policiales, los robos de coches y las detenciones prematuras. Lo que hace no mucho era el pan de cada día, puede sonar hoy como el cóctel perfecto para una buena película de acción, y el séptimo arte, que en aquel entonces estaba sediento del apogeo que suponía el fin de la censura, supo ver el potencial de estos hechos.

La sociedad no era ajena a lo que sucedía, y el cine tampoco. Por eso, a finales de los 70, nace un género conocido como ‘cine quinqui’, encargado de reflejar la realidad que de manera simultánea se vivía en los extrarradios de España.

Este género recogía las peripecias de estos quinquis que ya contaban con nombre y entidad propios. La vida de personajes como ‘El Vaquilla’, ‘El Jaro’ o ‘El Pirri’ quedaron inmortalizadas no solo en las piezas de prensa que cubrían sus idas y venidas, sino también en todos los filmes que llevaron su cotidianeidad a la gran pantalla.

Entre ellas, sobresalen las películas de José Antonio de la Loma, Eloy de la Iglesia o Carlos Saura, directores que bebían directamente de esa cultura callejera que, con más o menos licencias artísticas, suponían un reflejo fidedigno de una cara amarga de la Transición.

Cartel oficial de 'Perros Callejeros', de José Antonio de la Loma

 

A lo largo de casi una década se desarrolló un cine de la calle para la calle, tan pegado en hechos y formas a la verdad, que sus propios protagonistas eran en la mayoría de los casos los mismos quinquis en los que se basaban los guiones. José Luis Manzano, Juan José Moreno Cuenca, apodado ‘El Vaquilla’, su amigo Ángel Fernández Franco, conocido como ‘El Torete’, José Antonio Valdelomar o Berta Socuéllamos, fueron algunos de los nombres de los actores no profesionales que dieron el salto a la gran pantalla gracias a las películas de cine quinqui.

Su papel en la ficción no era otro que interpretar una versión guionizada de su propia vida, lo que añadía un plus de realismo a un relato ya lo suficientemente apegado a la realidad.

A pesar de la mitificación de algunas figuras quinquis que la fama y las portadas del momento fueron construyendo poco a poco, la mayoría de estas estrellas emergentes se dejaron llevar por el desgaste de los malos hábitos que, por desgracia, superaban a la ficción. La crudeza explícita de estos filmes era espejo fidedigno de la que impregnaban sus vidas. A muchos de ellos la droga, el SIDA o las condiciones de mala vida les condujo a un final trágico que, en cierto modo, ayudó a construir el mito del quinqui: personas cuyo día a día es una aventura kamikaze donde el riesgo augura ya desde el principio la tragedia que, más allá de la acción y la adrenalina que podrían llegar a transmitir las películas, ponían a sus historias un triste punto final.

Junto al cine, la música fue una herramienta clave en el auge y apreciación del género quinqui. Desde el rock urbano a la rumba de ‘Sonido Caño Roto’, proliferaron numerosas canciones que hicieron de banda sonora de una generación más allá del plano cinematográfico. Así, encontramos grupos como Los Chichos, Los Chunguitos, Radio 3, Los Burning o Antonio Flores, cuyas voces y temas se asocian indiscutiblemente con este periodo artístico y social de nuestra historia.

En sus letras encontramos una forma diferente de retratar la situación: desde alegatos contra la lacra de la heroína, hasta discos enteros dedicados a los quinquis más emblemáticos. Esta música nace del sentimiento callejero de transgresión y desde las entrañas con el fin de acompañar sus historias, delante y detrás de las cámaras.

El género quinqui, marcado por títulos como ‘Navajeros’, ‘Perros Callejeros’, ‘Colegas’, ‘La estanquera de Vallecas’ o ‘Deprisa, Deprisa’, comenzó a decaer a mediados de los 80 y, aunque posteriormente han sido muchos los directores y películas que han bebido de su fuente, la esencia del original perdura únicamente en quienes apostaron por llevar la periferia al cine.

Si bien sus obras no han estado exentas de polémica fruto de dar a conocer de manera explícita todo lo que se pretendía erradicar, oscilando siempre el debate entre la denuncia y la mitificación, el cine quinqui se ha labrado su hueco en la cultura más reciente que, desde la retrospectiva del hoy, nos ayuda a conocer la dureza de una España que no queda tan atrás.

 

Elena Romero: @elenar_vargas

Imágenes: YouTube