El miedo es un lugar, una cama vacía. El miedo es un dolor, de estómago. El miedo es un silencio sordo, una pregunta sin respuesta. El miedo es oscuridad, falta de luz. El miedo son sueños rotos, la incongruencia de los suspiros al aire. El miedo son un montón de monosílabos en cadena: no, sí, puede, nunca, quizás, basta, duele, quema, tú. El miedo es una persona, con nombre y apellidos. El miedo son todas esas cosas que causan mareas internas sobrealimentadas por aquellos recuerdos marchitos que nos afearon el corazón. La experiencia no siempre es un grado. La experiencia traumática sobre el miedo lo mismo nos empuja hacia adelante como nos involucra en una espiral de desórdenes donde no encontramos la salida. Un vacío donde no existe oxígeno y cualquier muestra de vida en ocasiones se ahoga por no tener aire suficiente para respirar. Ese lugar donde no puede haber vida, donde no puede ocurrir nada, donde no se avanza. Y qué pasa entonces. A veces me da por pensar que el pánico es la sensación de la controversia, lo mismo es aliciente como es veneno, los mismo es polvo de hadas como tierra merma… El pánico es un montón de situaciones vividas y tristezas adquiridas que hacen daño, las cuales salen a flote en el momento más inoportuno a través de nuestra memoria. Qué insolente la memoria, qué descarada, que siempre guarda todas esas cosas que nos hacen daño para recordarnos que no somos de metal. Es entonces cuando prefiero pensar en miedo como una demostración de un nuevo camino, como una nueva oportunidad. Cuando uno lo siente es porque se encuentra ante algo desconocido, algo nuevo, quizás similar, quizás con una sensación similar. Hay que tenerlo en cuenta: el miedo siempre nos hace ver las cosas peor de lo que son, nos abruma, nos recluye, nos debilita. En definitiva, nos corta las alas. Su justa medida es injusta, no siempre mide las oportunidades como infinitas, no siempre intuye los amaneceres como triunfantes. El miedo es cobarde y austero, no tiene colores, ni aromas, ni fuegos. Y yo me digo, ¿Por qué le tenemos miedo al miedo? ¿Por qué no nos enfrentamos y lo giramos y lo retorcemos? ¿Por qué no lo intentamos? El pánico nos hace sentirnos vivos, estará ahí siempre, existirá. Pero los caramelos amargos no son recomendables mantenerlos demasiado tiempo en la boca, aunque nos gusten, después de ellos somos incapaces de volver a saborear algo distinto con la misma intensidad. Mucho mejor tirarlo a la basura cuanto antes. Conocer su sabor y después, tirarlo al mar. Tíralo ya. Alejandra Remon – @alejandraremon

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