La Navidad es una época mágica. Todo se llena de luz y la ilusión es palpable en el ambiente. La alegría se funde con los recuerdos más tiernos, convirtiendo esta festividad en una de las fechas más especiales del año. Una de las características más significativas de esta festividad son todos los ritos, tradiciones y ceremonias que realizamos, desde reunirnos con familia y amigos, hasta la costumbre de regalar en estas fechas... Todo ello forma parte de la magia de la Navidad pero, ¿sabes de dónde vienen todas estas tradiciones? ¡Sigue leyendo y te lo contamos!

Muchos de los rituales que son hoy parte esencial de nuestras fiestas se remontan a siglos atrás. Sin ir más lejos, la propia Navidad tiene un origen pagano, concretamente, en las fiestas romanas en honor al dios Saturno que conmemoraban el solsticio de invierno, cuando los días comenzaban a ser más largos. No fue hasta el año 529 cuando se proclamó esta fecha como la conmemorativa del nacimiento de Jesucristo, aprovechando los paralelismos entre la figura cristiana y el Sol Invictus pagano, y con los años ha ido evolucionando hacia el sentido y concepción que tenemos de ella hoy.

Entre los diversos ritos navideños, se encuentra el de poner el Portal de Belén: una representación del nacimiento de Jesús con todas las imágenes que, según la Biblia, fueron importantes en ese momento. Cabe destacar que en ningún momento se especifica que este acontecimiento se produjese en las fechas indicadas, pero la tradición ha decidido que así se conciba y que, por ello, continuemos con la celebración de estas fiestas. El primer Portal de Belén se le atribuye a San Francisco de Asís, un elemento imprescindible en la decoración navideña de muchos de nuestros hogares.

Junto al Portal de Belén, otro de los motivos decorativos esenciales es el árbol de Navidad. Si bien muchos piensan que su origen se sitúa, como el de tantas otras cosas, en el mundo anglosajón, en este caso la tradición es de origen celta, siendo el primer árbol documentado en la Alemania de 1605. Si bien es cierto que es una tradición quizás menos habitual que la del Portal de Belén, cada vez es más difícil no encontrarse con un árbol navideño en cualquier sitio que celebre estas fiestas.

La decoración del árbol tampoco es inocente: cada elemento tiene su significado y su intención. Así, las bolas representan la abundancia, las campanitas y luces son una alegoría de la alegría de estas fechas y las piñas, entre otras, son símbolo de buena suerte para los años venideros.

Siguiendo con la línea de la superstición, la palma en esto se la lleva la noche de Fin de Año. Son innumerables las tradiciones y supersticiones que hay en torno a la última noche del año y que, desde luego, en cada casa se siguen de forma distinta: comer lentejas el día 31, llevar una moneda en el zapato, brindar con un anillo en la copa, entrar al año con el pie derecho… Pero, sin duda, la tradición más compartida por todos es la de tomar las doce uvas.

La aristocracia y burguesía francesa del S. XVIII tenía por costumbre tomar vino espumoso y uvas la última noche del año para hacer alarde de su ostentosidad, y esto fue imitado por las clases altas españolas. Viendo este comportamiento, el pueblo llano decidió parodiarles y tomar uvas en Nochevieja en actitud burlesca frente a los poderosos. No fue hasta 1909 cuando la tradición de las doce uvas de la suerte quedó oficialmente instaurada. Lejos de una leyenda mística y llena de magia, el motivo que condujo a ello fue un excedente en la cosecha de ese año y una vía de escape de los agricultores para dar salida a todo el producto sobrante.

En Fin de Año, además, existe otra tradición igualmente extendida (y no menos curiosa): la de llevar ropa interior roja. El motivo de que procuremos cada año lucir nuestras mejores galas monocromáticas debajo de los outfits cuidadosamente elegidos para una noche tan especial, se remonta a la Edad Media. En este momento, el color rojo se asociaba con lo diabólico y lo prohibido, sin embargo, también tenía para el pueblo llano connotaciones de vida y suerte. Por ello, a escondidas, comenzaron a llevar prendas de ropa interior rojas, para atraer la buena suerte sin ser castigados por ello, y hoy nosotros seguimos perpetuando su creencia.

Los regalos son otro elemento indispensables de la Navidad. Sea en Nochebuena o en la Noche de Reyes, o seamos más de Santa Claus o de Melchor, Gaspar y Baltasar, una cosa está clara: la Navidad es el momento perfecto para dar (y recibir) regalos. Quizás sea por las connotaciones de generosidad, amor y solidaridad que rodean estas fechas, el caso es que no se concibe Navidad sin la ilusión de regalar o ser regalado. No solo hablamos de regalos materiales, pues existe también la famosa tradición del aguinaldo.

Esta “paga extra” se origina en las fiestas paganas de Roma y ahora ha llegado a nuestros días. En algunos lugares aún se mantiene la costumbre de ir casa por casa cantando villancicos para ganarse esa propina, aunque cada vez esté menos extendida. La costumbre del aguinaldo encuentra su versión más voluptuosa en las cestas de Navidad repletas de comidas y regalos, que evocan a las canastillas donde los campesinos recibían y entregaban antaño su particular aguinaldo.

Otro de los imprescindibles de la fecha es, precisamente, la comida. La mayoría de las reuniones que se organizan son en torno a una mesa repleta de manjares que comer hasta reventar... pero el puesto de honor se lo llevan los dulces, en especial, el turrón, mazapán, polvorones y el increíble roscón de Reyes. Tanto el turrón, como los mazapanes, como los polvorones, son dulces típicos de origen árabes, aunque posteriormente cada uno acabó ganando popularidad en zonas distintas de España.

Las almendras, el azúcar y la miel son los ingredientes más repetidos, aunque la manteca de cerdo para los polvorones cobra también su protagonismo a la hora de elaborar estos manjares de sensaciones. Por su parte, el roscón se remonta, una vez más, a las fiestas paganas en Roma, donde ya se incluía el ‘haba de la suerte’ dentro, dotando de dicha al afortunado que diese con ella.

Para concluir cualquier celebración navideña, ¿qué mejor que entonar unos villancicos? Estos cantos aparecen entre las clases populares de la España del S.XV, que poco a poco han ido evolucionando hacia el toque religioso que muchos de ellos tienen ahora, pues fueron modificados por la Iglesia Católica para incluirlos en las liturgias. Si bien es cierto que los villancicos no han dejado de evolucionar y ahora encontramos cada vez más artistas con temas navideños, siempre guardaremos especial cariño a aquellos de toda la vida: ‘Campana sobre Campana’, ‘Noche de Paz’, ‘La Marimorena’, ‘El Tamborilero’, y todos los que forman la banda sonora de la fiesta más bonita de todas.

¡Feliz Navidad!

 

Elena Romero: @elenar_vargas

Imágenes: Giphy